domingo, 20 de enero de 2013

Del niño pobre


Iba el pobre niño pobre
llorando lágrimas de hielo
que surcaban sus mejillas
salpicándolas de besos.
Salió por la madrugada,
un domingo de febrero,
de su casita sin luz
cercana del cementerio.
Se cruzó en la carretera
con un oscuro cortejo,
en coche muy largo y gris
-tenía el largo de un muerto-
habían puesto coronas
con tallitos de verdeo.
Qué calveles tan hermosos
acompañan a los restos
de los hombres que soñaron
tener una muerta eterna.

Iba el pobre niño pobre
con su pasito ligero,
sus manos en los bolsillos,
la bolsita atada al cuello,
sus cabellos color rubio,
los ojos de bronce eterno
y una mirada perdida,
como miran los mineros
la negra mina minada
donde el pan se pone negro.
La mañana se adentraba
y en los primeros adentros
con sones de eternos bucles
las bisagras de los templos
abrieron las viejas puertas
para el día de precepto
y unos pobre mendigando
en sus puestos se pusieron.

Iba el pobre niño pobre
¡más rico que mil luceros!
viendo cruzar a la gente,
entre lo malo y lo bueno,
los dinteles fabricados
desde el principio del tiempo
por los señores más ricos
para escapar del infierno.
“Y no me pongo a pedir,
no quiero ser pedigüeno
yo me busco las pesetas
con mi trapito bermejo.”

Iba el hombre niño pobre
resbalando sin quererlo
entre farolas gigantes
en las fauces del comercio:
la sociedad de consumo:
la de cocas y refrescos,
la de grandes almacenes,
la de viejos cartoneros
besando contenedores
buscando cartones viejos.
La de promesas en vallas
con rostros como serenos
pidiendo un voto de ayuda
que pronto se olvida luego.
La de misas, carnavales,
procesiones y decretos,
la de palmadas al hombro,
la de caricias y rezos,
la que murmura entre sombras
amores azul destello.
La que devora a sus hjos,
la del oro del becerro,
la que con todo trafica
hasta con Dios verdadero.

Iba el pobre niño pobre
entre suspiros corriendo,
sin saber que se metía
en la arteria del infierno.
Descubrió un nuevo semáforo
y como si fuera un lienzo
de su bolsita de lino
sacó su trapo de fieltro.
Miró el verde montaña
de la columna de acero
mientras lágrimas de lluvia
besan su rostro centeno.
Espera que el ámbar llegue,
resina color de fuego,
para lanzarse a la calle
como el toro salta al ruedo.
Un frenar desmesurado,
de rojo encendido el cedro,
un grito de niño pobre,
de rojo encendido el suelo.

Pedagogos y psicólogos,
poetas del mundo entero
decid a Miguel Hernández
que existen niños yunteros,
que afile de nuevo el lápiz
que tienen que arder los ghetos
que construyen los políticos
a los pobres del silencio.

(De José García Pérez)

2 comentarios:

  1. Duele, este duele mucho. Besos Maestro.

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  2. Algo, bastante, largo; pero de ti para mi es al romance que tengo más cariño. Besos

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