martes, 31 de julio de 2012

La casa verde



         Ciertamente reconozco que no sé por qué aquel conjunto de casas matas que conformaban un perfecto rectángulo era conocido como el Barrio Obrero; fuese cual fuese la razón, lo cierto es que la familia de Ignacio vivió en él.

            La vivienda era conocida por el vecindario como “la casa verde”, porque ese era el color de su fachada. La puerta de entrada daba de bruces a un pequeño comedor, y a izquierda y derecha dos habitaciones, dormitorios, donde dormía la familia. En uno de ellos, lo hacían Fernando y Antonia, y en el otro, en dos camas de plaza y media, los otros cuatro habitantes. Fernando e Ignacio en una de ellas y la otra la ocupaban Nati y la abuela María; una pequeña cocina, añadía calor al hogar, y era el lugar preferido de los niños y de la madre. Allí se cocía todo, y no me refiero a alimentos; sino a cuentos, historias y pequeñas guerras por hacerse con el soplillo de esparto para encender y atizar al carbón.

            Un pequeño retrete y un lavabo; no existía bañera, ni siquiera ducha. En un reducido patio había una bomba de agua, otro objeto de peleas entre hermanos para bombear agua a la azotea. Dicha azotea era el lugar de recreo de los tres hermanos, en especial de Ignacio y Nati, pues la señora Antonia tenía instalado un gallinero y dentro de él pasaban horas y horas; en dicha azotea existía una pequeña habitación con un enorme barreño en el que los chavales eran bañados por la madre.

         Tendría 12 o 13 años cuando la señora Antonia dejó de bañar a Ignacio, y le hizo esta recomendación: -“Nacho, no hagas cosas feas”. Él quedó sorprendido, aunque no pasó más de dos años cuando comprendió a la perfección el consejo de su madre.

            A Fernando el de la Imprenta la economía le fue bien, y un año le echó un piso a “la casa verde” que ya, lógicamente, dejó de ser verde. Ahora la planta baja poseía un recibidor, el comedor y una muy buena cocina donde ya no se soplaban las ascuas de carbón y donde apareció un buen frigorífico.

            La planta alta constaba de tres dormitorios y un cuarto de baño como mandan los cánones, a saber, con una pequeña bañera y una gran ducha. A la edad de 16 años, Ignacio supo lo que era ducharse.

            Pero él, según me contaba en la barra del Gran Vía, añoraba la casa verde, el baúl en el que se montaba para disparar contra los sioux y los visillos tras los que se escondía su madre para verlo “doblar” la esquina. Lo escuchaba con interés, y aunque sabía que no chocheaba, sí intuía que lo que añoraba era el paraíso perdido de la niñez.

            Poseo gran parte de la obra poética de Ignacio, y aunque sé que no es nada ortodoxo introducir poesía en un libro de narrativa, no me resisto a darles a conocer estas “Nanas de la casa verde” de su autoría: “Casa verde, recuerdos/ de cuando niño,/ de locos saltamontes/ entre los pinos.// Casa verde, mi madre/ desde la casa/ mira por los visillos/ de la ventana.// Casa verde, pequeña,/ sin grandes salas,/ lugar donde los ángeles/ toman sus alas.// Casa verde hogareña,/ mi casa mata,/ la del arroz con leche/ y la tisana.// Casa, la casa verde/ del barrio obrero,/ cuadrada y pequeñita/ cuánto te quiero.// Casa verde sagrada,/ eres mi templo,/ nacimiento del Dios/ que llevo dentro.// Casa verde, sin cosas/ ni objetos tibios,/ fuiste lugar de encuentro/ jardín de lirios./ Brotaban risas/ desde tus manos, madre,/ con tus caricias”

lunes, 30 de julio de 2012

Los muertos vivientes


           
          Hoy, tras comprar nolotil, he caminado por la bajamar más de seis kilómetros en busca del encuentro con el asombro; y camina que camina entre verdes algas, con sombrero incorporado y pantalón corto, he llegado hasta Nueva Umbría, lugar donde el salpique de los bucles de la mar que intentaban introducirse en el Atlántico ofrecían unos rizos de espumas que, solamente los avispados, son capaces de captar. La vuelta hacia poniente, donde el sol se introduce, en su bajada de ocaso, entre pinos y se mezcla con ellos, ha producido una pequeña manifestación sagrada de la madre naturaleza.

El nolotil lo adquirí, lógicamente, en el más próspero de los negocios de La Antilla (Lepe): la farmacia; aunque tal vez sea solamente durante el verano. El personal que viene a este lugar “donde el viento silba nácar” hace dos colas: la más larga es para adquirir omeprazol y más fármacos, y la segunda para comprar cartuchitos de papas fritas en una freiduría de calle Castilla.

Pero la verdad sea dicha, no hay farmacia donde no tenga usted que esperar su ratillo. Somos numerosos lo que tomamos esas chucherías de comprimidos que nos ayudan a seguir protestando una y otra vez contra las bellacas intenciones de los mandamases de turno.

Hoy sabemos que el tiempo de espera ha podido ser menor y confiamos, tras la macabra noticia de ayer, que no tengamos que esperar  tanto cuando el mancebo o la manceba introduzcan la tarjeta de la in-seguridad social en el ordenador correspondiente.

La noticia, ya decía que macabra, consiste en que los familiares de más de ciento cincuenta mil fallecidos han seguido usando la dichosa tarjeta no se sabe durante cuanto tiempo.

Ni pago ni copago ni la madre que nos parió; en cuanto podemos metemos la bacalada al más pintado. Estos defraudadores que han jugado con la muerte y con los atontados que nos gobiernan son seres sin escrúpulos que, gracias a nuestros ahorros, han seguido sacando medicamentos de los abueletes que la han cascado, tal vez, lo ignoro, para venderlos a bajo precio al mejor postor.

No tenemos arreglo.

La señora Antonia



         Ignacio gustaba de escribir poesía; muerta su madre tras años de sufrimiento que acabaron con la amputación de una de sus piernas, escribió el siguiente soneto en el que describe como le hubiese gustado a él que ella, Antonia, falleciera: “La anciana madre con su viejo mar/, cual destino /del día terminado,/ camina erguida hacia el azul amado/ que en su brisa parece reclamar.// La luna se reclina en su mirar,/ se enciende el cielo azul, mar estrellado,/ pasa la noche su abanico alado/ y las olas se posan en su hablar.// La sabia pescadora mira y mira/ la densa boria que del mar proviene/ con su regazo fresco de poniente,// la espera con tranquila alma, suspira/ y cuando ella a la mar y niebla tiene,/ cierra sus grises ojos dulcemente”

            Y es que su madre procedía del mar; sus abuelos, padres y hermanos fueron pescadores, y ella se crió entre barcos, arte de almadrabas, pargos y salmonetes desde Carboneras (Almería) hasta La Higuerita (Isla Cristina), y por fin vararon sus vidas en Melilla, lugar donde la pesca fue y sigue siendo una de sus principales actividades.

            Eran tiempos en que a la hora de repartir la venta de lo pescado se hacían “partes”; el cincuenta por ciento se lo llevaba el armador, y del resto se hacían tantas partes como componentes de la tripulación más cuatro que eran para el patrón de la tripulación.

            Conoció a Fernando “el de la Imprenta”, se casaron y, aunque su status cambió, ella frecuentaba el barrio de El Industrial, barrio de pescadores y lugar donde vivía su familia.

            Gozaba de una inteligencia natural y de unos maravillosos grises ojos. No sabía leer y escribir, y todos sus conocimientos los había aprehendido de la vida, dura con ella hasta el máximo. Gustaba que sus hijos, en especial Ignacio y Nati, le leyeran novelas de aquellos tiempos y relatos de la vida de Jesús de Nazaret, y preguntaba, siempre andaba preguntándoles cosas y más cosas a sus hijos.

            Aunque esposa, su auténtico ejercicio fue el de madre, madre por encima de todo. Por su empaque y sabiduría innata era conocida en el Barrio Obrero como la “señora Antonia”, su señorío nunca fue discutido por nadie. Quizás porque el matrimonio gozaba de una cómoda posición social y económica, la “casa verde” del Barrio Obrero, su casa, era el epicentro de toda su familia y el lugar de encuentro de las fiestas navideñas.


            Antonia marcó a fuego a Ignacio que, en momentos de sinceridad, comentaba que siempre dependió de ella, de sus dulces canciones, de sus nanas marineras, de las enormes varices de sus piernas y de su vigilante mirar tras la ventana.

            ­- “Al salir yo a la calle ­-contaba- volvía la cabeza en busca de su mirada; siempre caía el visillo de la ventana; tal vez sea esa la causa por la que en la actualidad, cuando salgo a dar un pequeño paseo, giro la vista, observo y busco si hay alguien en la terraza de casa”

El referéndum sobre los recortes



          A Francisco Álvarez Cascos le gusta unas elecciones políticas más que a mí un bogavante, prohibido por los médicos, la congelación y la subida del IVA; y digo que les encanta los comicios porque ha sido el primero en pedir elecciones generales anticipadas para ya mismo. Anteriormente, cuando los diputados asturianos aún no habían sacado el gusto suficiente al escaño obtenido, disolvió las cortes de don Pelayo para iniciar una nueva reconquista, pero en esta ocasión vino otro moro Muza y le arreó de lo lindo.

            Los jefes del gran sindicalismo español, los camaradas Cándido y Toxo, se han sacado de la chistera un nuevo concepto de huelga, y preparan para septiembre una “huelga ciudadana”, pues piensa un servidor que la “general”, con casi seis millones de desempleados, ya de poco sirve a no ser que prenda España por los cuatro costados.

            Es por ello, que los jefazos “laborales” hayan pensado en montar la citada huelga de indignados, indignadas, parados, funcionarios y empleados públicos, jubilados y todo el que quiera apuntarse al festejo para pedir un referéndum en el que todos y todas podamos votar si estamos de acuerdo o no con los recortes, también llamados tijeretazos.

            Huelga seguro que habrá y referéndum, ni hablar del peluquín. La parejita en cuestión sabe bien, pero que muy requetebién, que no existe ningún gilipuerta que desee ver mermada la manduca y el bienestar de sus hijos, o sea: el éxito está tan asegurado que yo, el que escribe y rubrica estas líneas, estaría dispuesto, a pesar de la falta de mielina en mis extremidades superiores, a encabezar la original convocatoria; pero lo del referéndum es ilegal e inconstitucional, y no digerible legalmente.

            Pero puestos a suponer que pueda celebrarse dicho referéndum, podrían añadirse algunas cuestiones más. Ahí van algunas: ¿está la ciudadanía de acuerdo con que los sindicatos y la patronal se financien a costa de nuestra escuálida pasta?, ¿está o no de acuerdo con la cohorte de enchufados que existe en las inmediaciones de los partidos políticos?,  ¿sigue estando de acuerdo la actual ciudadanía con el modelo de Estado, me refiero al autonómico, que nos dimos los españoles?, ¿desea la ciudadanía que continúe el Senado?, ¿y las Diputaciones?, ¿y las mancomunidades de municipios? ¿y con el actual sistema judicial?...

            O ponemos al Estado patas arriba o el Estado nos coloca patas abajo, o sea, de rodillas como estamos, pero más aún.

domingo, 29 de julio de 2012

INACABADA AUSENCIA (I)


EL POEMA DEL DOMINGO

INACABADA AUSENCIA (I)

¿De dónde viniste,
vértigo de criatura?
Sabes bien que te quiero
y dejas que me vaya.
No creas si te digo
que sí puedo vivir.
No creas mis palabras,
mira mis ojos,
y vente con el viento,
mira que muero solo.

Sin quererlo, emergiste
como rosa de luz
entre sombras de flores.
Escapaste ligera.
Ya no hay sombras ni rosa
ni flores en mi estancia.

Inacabada, mi alma
busca nuevos encuentros
entre flores umbrías.
Las  quiero con cariño,
con dulce mansedumbre.
Igual, siempre lo mismo,
atardeciendo lejos,
amaneciendo fuera
de mí.

Pero lo nuestro,
-lo mío- es otra cosa:
Un hallazgo divino
que no devolveré.
Es el sueño soñado
en la noche de julio:
estrellas por la mar
mecidas y asombradas
en la cúpula negra
de la noche que fue.
Asombradas de sí
son estrellas y mar,
agua y fuego más luz,
un nuevo ser los dos.
Necesito de ti
y dejo que te alejes,
pero siempre quedas
¡qué locura de espacio
tenerte sin quererte!

(De “Silabario de amor” de José García Pérez)

sábado, 28 de julio de 2012

Fernando "el de la Imprenta"


        
           Ignacio nunca supo por qué su padre, Fernando, emigró con su familia desde Huéscar (Granada) a Melilla a la temprana edad de cuatro años, pero lo cierto es que dicho éxodo, compartido por numerosas familias de Andalucía y el Levante, a la que podía considerarse la “tierra prometida”, fue el embrión de la floreciente ciudad española del norte de África.

            Fernando trabajó como aprendiz de cajista en La Hispana, imprenta situada en la calle General Mola. Con la llegada de la II República y la aparición de cooperativas, los operarios se hicieron dueños de la misma y, con el transcurrir de los años, el padre de Ignacio llegó a tener tres imprentas, la ya mencionada, otra llamada La Española y una tercera ubicada en Nador (Marruecos).

            La primera visión que tuvo de su padre fue siempre a pie de caja; a la salida del Colegio, lo visitaba diariamente, y lo recuerda permanentemente de pie colocando letras de plomo de caracteres castellanos y árabes en una especie de regleta que, más tarde, pasaban a una de aquellas excelentes máquinas alemanas para ser impresas. Siempre creyó que su padre había sido socialista de los de verdad, pero nunca llegó a preguntárselo, pues la política fue un tema tabú durante la infancia y buena parte de la juventud de Ignacio. Ahora cree que si lo fue.

            Era conocido en el Barrio Obrero, lugar donde vivía la familia, como Fernando el de la Imprenta y gozaba de buena reputación, aunque él no se relacionaba en demasía con la vecindad. El lugar preferido al que iba todos los días era el Casino Español, situado en plena Avenida, que era como un contrapunto a la excesiva militarización de la ciudad; allí echaba sus partidas de garrafina o correlativa y sobre las diez de la noche, tras cenar, formaba parte de la auténtica familia, o sea, aquella que se ponía alrededor de la mesa del pequeño comedor con Antonia, su esposa, la abuela María y sus hijos Fernando, Ignacio y Nati. Él siempre tenía que rellenar documentos de la imprenta, mientras Ignacio se dedicaba a contar al resto de la familia la película que había visto el jueves por la tarde; era un narrador excelente y su madre decía de él que tenía un pico de oro. Cuando no había “peli” que contar, Ignacio siempre decía a su madre: “Mamá, cuéntanos cosas”, y a continuación la señora Antonia iniciaba sus relatos sobre pescadores, mares y almadrabas, y así se iba perpetuando la historia oral, esa que permanece de padres a hijos y que perdura más que la escrita en libros y la contada por educadores. Y lo que es mejor, la más creíble.

Todos los domingos su familia, a excepción de la abuela, iba a recogerlo al Casino para tomar alguna que otra cerveza, especialmente en El Metropol y Los Candiles; era muy riguroso a la hora de revisar la nota de lo consumido.

            Fue un empedernido “vicioso” de la radio. Al igual que hoy los televisores ocupan el lugar más importante de la vivienda, en aquellos tiempos una enorme Valter Kent presidía el hogar de Fernando, hasta que fue sustituida por una radio Saba. A las once de la noche, intentaba sintonizar la estación Radio Pirenaica Independiente, o cosa así, para escuchar aquello de “Içi París”… y lo que seguía, mientras un silencio reinaba en el pequeño recinto.

            Cuando sus tres hijos marcharon a la Península, Fernando y Antonia vendieron su casa y la imprenta, y con lo puesto compraron un pisito en Sevilla para vivir cerca de la niña, Nati. Aquello, siempre intuyó Ignacio, fue su perdición, pues pasó de ser un hombre conocido en Melilla a convertirse en un ser anónimo en Sevilla donde deambulaba mañana y tarde dando paseos, pero seguro que recordando su querido Casino Español y amistades.

            Sin llegar a ser franquista, con el paso de los cuarenta años de dictadura asumió la misma y murió meses antes de que lo hiciese el general Franco. Ignacio siempre creyó que a su padre le hubiese gustado que el dictador muriese antes que él.

            Un infarto traicionero cuando tenía setenta años de edad se llevó por delante a un buen hombre, mejor padre, normal esposo, excelente trabajador y un apasionado del fútbol, en especial de la Unión Deportiva Melilla.

Cinco millones setecientos mil parados



             Estos titulares no son agradables, pero son ciertos. Son los nuevos y últimos datos: en esta querida y extraña España, cerca de seis millones de sus habitantes se encuentran, los lunes, martes, miércoles, jueves… mirando al sol con los brazos cruzados y mirando un horizonte en el que no se atisba esperanza de cambio. ¿Y qué cambio pude existir en un país de emigración y dónde el cambio de sistema de productividad es imposible de realizar?

            El alcalde de la localidad matriz de este digital, el lugar donde el azahar se adelgaza, Alhaurín de la Torre (Málaga), don Joaquín sale a defenderse de las acusaciones de un concejal de la oposición que le acusa de ganar mensualmente 9.000 euros y aclara, para que no existan problemas, que él percibe entre esto y lo otro, vaya usted a saber a qué se refiere, que sus nóminas andan cercanas a los 8.000 euros. Y este es el problema, que no hay problema, que la revolución social no estalla y que los parados siguen con los brazos cruzados mirando al sol.

            Los datos son terroríficos: en un millón setecientos mil hogares todos sus componentes se encuentran en paro técnico y, en Andalucía, de cada tres habitantes, uno va con las manos en los bolsillos tatareando un no sé qué discurso real que rompe los moldes del discurso oficial, de la prima de riesgo, de la bolsa y de las teorías de Rajoy, Montoro y Guindos.

            Y esto ha ocurrido durante el segundo trimestre de este mal año donde el personal busca el café que cueste noventa céntimos y huye del bar en el que se abone un euro por un solo; quiero decir que el currante, pobre currante, no como don Joaquín, mira diez céntimos con lupa.

            O esto se rompe en dos partes o todos estos datos son una mentira, y es que no es posible que se alardee de embolsarse honradamente ocho mil euros en un par de tacadas y, además, ser excelentísimo, y que la muchedumbre que conforma la ruina vote y vote, sin cesar, no ya en Alhaurín, sino en toda España, este sistema que, por obsoleto, habrá que cambiarlo por las buenas o por las malas.

            Mejor por las buenas; digo yo.

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jueves, 26 de julio de 2012

La Normal de Melilla



         En la mitad del siglo XX, en Melilla solamente se podía estudiar Magisterio o Comercio. Por ser Plaza Fuerte los militares eran numerosos, y muchos de sus hijos accedían a realizar sus estudios en la Academia Militar de Zaragoza; por cierto que las mozas se pirraban por los cadetes. Para una minoría selecta existía la posibilidad de realizar estudios universitarios, pero para ello era imprescindible tener los recursos económicos necesarios para enviar a los jóvenes a la Península, lo que suponía un gasto que no todas las familias podían sufragar.

            El hermano mayor de Ignacio, Fernando, marchó a Madrid para estudiar Ayudante de Obras Públicas, carrera conocida hoy como Ingeniero Técnico de O.P., y como Fernando “el de la Imprenta” no gozaba de una economía boyante, Ignacio ingresó en la Escuela de Magisterio, conocida en Melilla como la Normal.

            Los compañeros de clase de Ignacio eran Zarallo, Cantos, Cortés, Quique, Ros, Adell y Ahuir Payáns; ocho alumnos, pues, formaron aquella corta promoción de maestros. Rancho aparte eran las niñas que, en aulas separadas, eran multitud. Una chica llamada Carmina Díaz Pereira, más tarde esposa del famoso teniente coronel Antonio Tejero, fue compañera de Ignacio, aunque ella estudiaba 3º de Magisterio cuando él ingresó en la Normal.

            Durante los tres años que permaneció en la Normal, Ignacio disfrutó de gran libertad en comparación con la férrea disciplina del Colegio de la Salle; estudiando Magisterio sus relaciones con Virginia se formalizaron y consolidaron.

            En cierta ocasión, una tal doña María Jesús, que era la encargada de velar para que los niños no se juntasen con las niñas, pilló a Ignacio y Virginia dándose besos y abrazos a moco tendido y los denunció al Director, señor Coronas, que los llamó a capítulo y la cosa quedó en un simple apercibimiento verbal.

            Sabedores ellos del reuma que padecía la María Jesús de los demonios, se encaramaban en lo alto de una cuesta y, rodeados de cipreses, seguían dale que dale a los amoríos.

            Los estudios de Magisterio fueron para Ignacio un coser y cantar, menos la asignatura de Música que se la tomó a pitorreo. Primero porque sus oídos nunca fueron buenos, segundo porque lo del solfeo le parecía una tontería con tanto do, re, mi, sol, etc., y, por último, porque cantar “el carbonerito” le parecía una solemne estupidez; todo ello le valió el primer y único suspenso en sus estudios, por lo que tuvo que dar clases de solfeo durante un verano para obtener el título de Maestro Nacional firmado por S.E. El Jefe del Estado, igual que Alfonso Guerra y tanto demócrata suelto en lo arrabales de 1975.  

Los auténticos "padres" de la Constitución



             La muerte del ex Presidente del Congreso de los Diputados Gregorio Peces Barba ha conseguido que mis neuronas, todavía en forma, hayan retrocedido a los tiempos del debate constitucional, hoy tan manoseado, criticado y poco aplaudido por la ciudadanía. Y es que desde siempre me llamó la atención el calificativo de “padres” para los siete magníficos, a saber: Pérez Llorca, Herrero de Miñón, Gabriel Cisneros, Jordi Solé, Manuel Fraga, Miquel Roca y Peces Barba.

            Cuando se fragua una Ley en el Congreso, la misma tiene que ser aprobada por tres, llamémosles, organismos: ponencia, comisión y pleno, conformados respectivamente  por siete, treinta y cinco, y la totalidad de sus señorías. Los ponentes, en este caso los llamados “padres”, son los encargados de redactar un borrador de Ley que puede ser cambiado en Comisión con nuevas aportaciones y, por fin, aprobado en Pleno, aunque lógicamente puede sufrir transformaciones durante su debate y votación.

            Pues bien, la Comisión iba discutiendo y aprobando, no sin grandes discusiones y con algún voto en contra, en especial al artículo que hace mención a las “nacionalidades”, el dictamen de la Ponencia, hasta que al llegar al artículo 27 que hace referencia al tema educativo, los diecisiete diputados de UCD alinearon sus votos con los de AP y, como resultado de ello, los congresistas del PSOE se retiraron de la Comisión, lo que provocó un auténtico revuelo político.

            Fueron Fernando Abril y Alfonso Guerra, seguro que a través de Suárez y Felipe, los encargados de restablecer el orden y asegurar una Constitución de consenso. A tal fin, ambos diputados, se reunieron durante algunas noches en el restaurante madrileño José Luis, y se comprometieron a que el Congreso tenía que parir una Constitución aprobada por las mayorías de la Cámara, UCD y PSOE, que al mismo tiempo representaban mayoritariamente a la ciudadanía española.

            Y así fue; a partir de ese acuerdo o consenso, el articulado de la Constitución fue aprobándose sin problemas, aunque hoy, transcurridos 34 años, los pueda tener.

            No quiero “quitar rey”, pero sí dejar claro que si existieron padres “putativos” de la Constitución estos fueron Abril y Guerra. Y si hubo un auténtico padre, fue el pueblo español.

            Para que conste.

miércoles, 25 de julio de 2012

Plegaria




                  Descalcé mis pies, tomé un puñado de arena y, en voz muy baja, musité:

            “Creo en el silencio de las marismas, en la vida de sus arenas, en la mar que me mira y sigue llamándome desde siempre.

            Creo en los blancos días y en días grises, en la luz que hoy no está presente con la intensidad de mi amado marzo.

            Creo en las nubes de levante que se acercan en negra borrasca, en los hombres y mujeres que habitan este planeta. Creo en el espíritu de los seres humanos, en el dios y demonio que llevamos dentro. Creo en todo lo que abarca mi vista y en lo que desea abarcar. Creo en ti, señor de lo creado, ser de la Armonía y del Bien.

            Me presento como hombre que quiere ser, que quiere amar, que quiere vivir. Me presento como pequeño misterio de tu poder, como pequeño dios encarnado en la marisma. Te respeto y me complazco en ello. Respeto y amo la vid que me rodea.

            Soy una continuación de ti mismo. A veces, me equivoco. Reconozco mi error; no soy soberbio. Te amo y me amo. No conozco el odio. Nunca lo conoceré, porque todo lo creado es bueno en sí”

martes, 24 de julio de 2012

Montoya


Si pudiéramos colocarnos en la Málaga de 1936, nos encontraríamos con una ciudad dividida sociológicamente por el río Guadalmedina: los del río para allá y los del río para acá. En el lugar que podríamos denominar “Del río para acá”, territorio donde vive Ignacio, se encontraban los famosos y paupérrimos barios de la Trinidad, Perchel y los Percheles, un trípode de barriadas que escasos malagueños que habitaban la otra parte del río visitaban, pues ellos y ellas vivían donde florecían los ricos focos ciudadanos de el Limonar, la Malagueta, el paseo Marítimo, calle Larios, Catedral, etc.

            Aunque en la actualidad la sociología malagueña ha cambiado algo, siguen siendo numerosos los ciudadanos que no han cruzado el puente de la Aurora para manchar sus pies en el cascarón ruinoso de la Trinidad  o en las callejuelas intransitables del Perchel; ha ocurrido, sin embargo, que el buque insignia del comercio español, El Corte Inglés, ha sido construido a tiro de piedra de la antigua pellejera, hoy calle Peso de la Harina, lugar donde tantos hombres republicanos fueron asesinados; calles como las de Don Cristián o Don Ricardo, vías vinateras de antaño, lindan con los grandes almacenes antes mencionado. En Don Cristián, por cierto, es donde se encuentra El Gran Vía.

            Paco Montoya, perchelero de pura cepa, es asiduo cliente. Allí conoció a Ignacio o éste a Montoya, o puede ocurrir que ninguno de ellos conozca al otro porque jamás han hablado de intimidades, problemas personales o asuntos que la sociedad intelectual denomina trascendentales.

            Ignacio tiene cuatro años más que Montoya, y éste cuatro quintales más de esa cultura que, despectivamente la elite, la define como popular. En cuanto puede, Ignacio llama por teléfono a Paco y lo cita para tomar una copa o dos, o las que caigan A veces, se lían y pasan al güisqui y, es entonces, cuando se establece la comunicación oral entre ambos ancianos, aunque ellos crean que no lo son.

            Montoya igual se cisca en la divinidad suprema o alaba a su particular Virgen del Carmen; hablan de los tiempos de “la hambre” en los que el perchelero es un maestro contumaz; conversan más de sus padres que de sus hijos; reconocen que este tiempo es el del progreso, pero añoran las navidades de la zambomba y el pandero; afirman que, por la actual crisis económica, robarían y matarían para dar de comer a sus hijos; verbalmente maltratan a corruptos, chorizos, políticos y entidades eclesiales; hablan del pargo, el jurel, los espetos y el calamar relleno que, Montoya, prepara como nadie; cada día son más amigos porque cada día se  conocen algo más.

            Últimamente Ignacio anda preocupado por Montoya porque ha sido intervenido de un cáncer de esófago y, según dice el del Perchel, sigue teniendo una garraspera en la parte inferior del gaznate.



Los terroríficos viernes



           En aquellos tiempos en que estudiaba en el Colegio de los Hermanos de la Salle de Melilla, la semana escolar transcurría de forma muy diferente a la actual. Aquellos chavalotes que sabíamos la canción de “Montañas nevadas” y, cómo no, el “Cara al Sol”, dábamos clases, en sesiones de mañana y tarde de lunes a sábado, con excepción del jueves que descansábamos por la tarde.

            Había un día terrorífico, el sábado; y lo era porque los Hermanos nos entregaban el boletín semanal que tenía que ser devuelto el lunes firmado por el padre. El mío, me refiero a mi padre Fernando, aquello se lo tomaba pero que muy en serio; y como siempre, o bien mi hermano o bien yo, teníamos algún “cate”, el castigo impuesto era el dejarnos sin ir al cine los jueves por la tarde. Llorar el menda, lo que se dice llorar, aquel jueves que no pude ver en sesión continua “Murieron con las botas puestas”, película en la que Caballo Loco le zurró al Séptimo de Caballería del General Custer en la batalla de Litle Big Horm, y todo porque saqué menos de cinco puntos en Matemáticas con la pollada del teorema de Pitágoras, teorema por el que, por cierto, no me ha preguntado nadie en mi vida y, menos aún, en los momentos esenciales de ella: casarme, comprar una vivienda o adquirir un frigorífico, pongamos por ejemplo.

            Pues a mi edad, 76 tacos, creía que todo esto había pasado y, lo que son las cosas, el terror se ha trasladado a los viernes, día en que el Maldito Sanedrín del Consejo de Ministros que preside el inepto de Rajoy se reúne en compañía de los Guindos, Montoro, Mato y la madre que los parió a todos.

            A mí, que, por desgracia me he olvidado de rezar el Credo, no digamos el Yo pecador, me encomiendo todos los jueves al acostarme a no sé quién para pedirle que me dejen como estoy, o sea, jodido camino de indignado.

            Pero como la maldita prima sube que sube, mucho me temo que don Mariano viene también a por nosotros los jubilados. El muy inepto y cobardica en vez de cepillarse, en unión del PSOE, el horrible gasto que supone la España autonómica y meter en la cárcel a tanto corrupto y corrupta que no hacen ni el huevo, incluido banqueros, va a soplar chamusquina, más si cabe, a los abueletes de España, sostén hoy de tanta familia en ruina.

            De aquí a nada, viernes, o sea, “Señor mío Jesucristo…”

lunes, 23 de julio de 2012

Y amaneció Adriana


         
         Recibí una invitación de un buen amigo para asistir al acto de inauguración de una peña flamenca en este lugar “donde el viento silba nácar”. Y fui; siempre voy donde soy invitado. Lo malo era el calor y la hora.

            El abanico, pequeño pero espeso, es mi aliado para este julio que nos aplasta con su picante sol. La hora, once de la mañana, no era la más apropiada para el cante, que no hubo; y una cerveza, que tampoco. La camisa de mangas largas, aunque coquetona y nada discreta, un verdadero suplicio, pero cuando uno se pone a aguantar se convierte en un espartano como tantos indignados.

            Pues eso, que estaba entre flamencos, palmeros e invitados de todas las leches, cuando he aquí que, descendiendo de la escalerilla: amaneció ella.

            La tez aceitunada, rostro de diosa griega con ribetes de señorío misterioso que no puede describirse, talle largo, sonrisa imposible de mejorar y milagro de musa para poetas que deseen describir lo divino en cuerpos de humanidad inmejorable.

            Tal como bajó el último pedestal que le acercaba a la tierra, se acercó a mí, y con una sonrisa sinuosa de quien se sabe diosa, susurró: “-¿te acuerdas de mí?”. Cómo es posible, pensé, que no tuviese incrustado para siempre, en el disco duro de mi recuerdo, semejante visión.

            “- Si me das una pista, le comenté, seguro que sí”. Me observó sorprendida y me ruboricé toda la edad que soporto; escuché algo, y cuando iba a seguir dando pista le dije: “-eres Adriana”

            La soleá caminó hacia sus tres octosílabos; el martinete soltó un gemido mirando hacia Ayamonte; la seguidilla meció la cuna de la manifestación sagrada; el fandango de Alosno cambió su tono de angustia y se convirtió en pura alegría; y un rubor rosa suave regó mis arrugas.

            Un roce de calma y amistad, mejillas al canto, conjugó, con el juego de la nostalgia la maravilla del encuentro.

Fui poeta por un instante y volví la vista atrás: estaba allí: sentada en su pasado. Nos habíamos conocido una noche loca en Isla.

domingo, 22 de julio de 2012

Si desnudo mi ser




Si desnudo mi ser
sólo queda la sílaba;
del resto, nada queda.
Por ello, cuando llega a mí la noche
-no importa si es de día-
afilo con presteza la punta de mi lápiz
y cierro bajo llave la sala de visitas.
Abro mi corazón a tus reliquias
y la sagrada sílaba se aposenta a mi lado.

Con cuidado la mimo.
No despierta del todo
avivo su calor.
Inicio la tarea
y lentamente va naciendo tu alma.

(Poema-prólogo de “Inacabada ausencia” de J. García Pérez)

sábado, 21 de julio de 2012

Camino de ser espía para la URSS



         Tras abandonar el Grupo Parlamentario de UCD, a los pocos días uno de los ujieres del Congreso se acercó a Ignacio y le entregó una nota en sobre cerrado.

            En el mensaje se leía: - “Por favor, llame a este número para un asunto de su interés”. Siempre intentaba disimular su curiosidad, pero Ignacio lo era a carta cabal; así que tras disimular que escuchaba con atención a un diputado de CiU que, como no, intentaba vampirizar al gobierno con nuevas peticiones que enfadaban a los partidos de ámbito estatal pero, que siempre, por una u otra causa la concedían, bajó la escalerilla y, a falta de móvil, acudió al lugar donde se encontraban las cabinas telefónicas.

            Marcó el número en cuestión, y esperó. Al instante, una voz femenina decía:
            -Aquí la embajada de la URSS, qué desea.

            De momento, quedó sorprendido y estupefacto. Cuestión de segundos:
            -Soy Ignacio Ortiz, diputado nacional, y he recibido un mensaje en el que me piden llamen a ese número.
            -Un momento, por favor.

            En poco más de un par de minutos, oyó una voz que parecía decir:
            -Soy Constantine Putiev, agregado cultural de la Embajada y me encantaría, señor Ortiz, poder hablar con usted.
            -Diga, dígame.
            -Imposible ahora, sería una conversación algo extensa. Si lo desea, podríamos vernos esta tarde, a las 19:00 horas en el vestíbulo del Hotel Palace.
            -De acuerdo.

            Pasó lo que restaba de mañana y toda la tarde deshojando la margarita si debía acudir o no a la cita con el soviético y, especialmente, se preguntaba constantemente que podían querer de él los de la Embajada de la URSS.

            Tras almorzar un codillo en condiciones y media botella de blanco Rueda en el restaurante Edelweis, cercano al Congreso, en compañía de Carmen Solano, diputada ucedista por Zaragoza y próxima a las tesis socialdemócratas de Francisco Fernández Ordóñez, marchó al Hotel Palace, donde se hospedaba, para descansar un rato y poner las neuronas en condiciones de recibir al tal Putiev.

            A las siete en punto, ni un minuto más ni menos, el ascensor lo dejó en el suntuoso vestíbulo del Palace, lugar de múltiples reuniones y tertulias con políticos de todas las leches.

            No había hecho más que sentarse en uno de los sillones, cuando delante de él un señor elegante de edad difícil de acertar, esa que linda entre los cuarenta y los cincuenta, se acercó a él y se presentó como el agregado cultural de la citada embajada.

            Comentó que sabía de su abandono del partido del Gobierno y de su integración en las Comisiones de Educación e Interior, y que a sus superiores les gustaría saber de las interioridades, debates y discusiones en las mismas. Y como en tantas ocasiones durante su vida como Maestro, escuchó la fatídica frase que las madres le lanzaban cuando pedían la matriculación de sus hijos: -“Don Ignacio, usted no lo perderá

            O sea, que el agregado “cultural”, al igual que las madres, estaba intentando sobornarle, pensó Ignacio. Aquello quedó en nada, porque el diputado se negó a facilitar documentación alguna.

            Ignacio, durante todo el tiempo que estuvo en Madrid ejerciendo de político, siempre tuvo la impresión de ser espiado por el señor Puntiev. Hasta en el transcurso de una noche loca en la que tomaba una copa de champán con una linda señorita de cabaret, se acercó uno de los camareros y le dijo: -“Está usted invitado por aquel señor”

            Ignacio dirigió la mirada al lugar indicado, y sí: allí, en compañía de dos señores más, se encontraba el agregado en cuestión.


Donde se ponga una buena cabra...



       La pasada noche, en un acto de irreflexión por mi parte, ya estirado sobre el lecho, navegué unos instantes por las autopistas televisivas. En una de ellas detuve el viaje, pues un cierto señor, muy pedagógicamente, mostraba a los intrusos las excelencias de verificar el acto sexual con una cabra. Lo explicó tan bien que, lo que son las cosas, soñé con un hermoso grupo de cabras, donde habíalas de todas las especies, incluidas las del Tibet y bicerras.

            Gracias tendremos que otorgar a tanta televisión que nos rescata de nuestro alfabetismo sexual, así como el deseo de que la cultura mostrada sea incorporada a la mejora de las Humanidades que el ministro de Educación, señor Wert, desea implantar, aunque con recortes.

            Y es que en esto del sexo, el personal no llega a ponerse de acuerdo. Es muy corriente escuchar a los que peinan una determinada edad, elevada por supuesto, una y otra vez, la afirmación: “el sexo está aquí” y, con énfasis de demostración, se llevan (nos llevamos) el dedo índice al cerebro.

Si a usted, Dios y/o el Demonio no lo quieran, le operan de una prostatectomía radical, no sería de extrañar que dentro de muy pocos años, el mismo personal afirme: “el cerebro está aquí”, señalando a renglón seguido la parte más sublime del aparato genital.

Me queda por saber, y será siempre para mí una incógnita, cual será la estructura cerebral del follador de cabras. Yo, por ahora, y pueden y deben creerme, tras uno paseos furtivos que me he dado esta mañana por las marismas de este lugar donde el viento silba nácar, el balido (beee) de una cabras que he visto entre dunas y retamas me ha dejado igual, casi lo mismo que las explicaciones de Montoro y demás sobre la ruina que ya reina en España: la gran depresión.

Y lo que es peor, sin cabras de por medio.

viernes, 20 de julio de 2012

El Gran Vía




            Ignacio había decidido abandonar la vida pública. Ya no le llamaba la atención el asistir a todos esos actos que se conocen por culturales a los que, hacía años, acudía con cierta reiteración, especialmente conferencias y recitales poéticos. Agradecía en el fondo, muy en el fondo, las invitaciones que le cursaban las distintas Administraciones públicas, fuesen ayuntamientos, diputaciones, ateneos y delegaciones.

            Era siempre igual: los mismos protagonistas, idénticas pajoleras que aplaudían sin ton ni son e igual parafernalia. Un día descubrió que lo habían intentado convertir en palmero, un número más cuya única misión era batir las palmas sin posibilidad, por pudor, de decir en voz alta que aquellas sesiones eran auténticas payasadas.

            Tal vez tardó en demasía en dejar de pisar el centro histórico de Málaga, lugar donde se celebraban todas esas perogrulladas que alimentaban a los pelotilleros del lugar a la espera de ver si un día eran llamados a filas para percibir una pequeña cantidad de euros y sentirse parte de la crema y elite de la sociedad “cultural” del perímetro urbano.

            Y dijo se acabó, y se acabó. Pasaba los días escribiendo alguna que otra viruta poética y, todos los días, creaba una columna periodística que enviaba al “Diario Málaga”, ya desaparecido, hasta que buscó un periódico digital que lo acogió. Sus columnas tenían el título genérico de “El Copo”, arte de pesca malagueño; después las trasladaba a un blog de igual nombre y, finalmente, se entretenía enlazándolas a Facebook.

            Con estas simplezas, iba pasando el tiempo, pero como tenía demasiado empezó a conocer al variopinto gentío de su barrio. Fue de un lado a otro, incluso ganó parte de su tiempo en un Hogar de Mayores jugando al dominó y al billar, hasta que un día se topó con el Gran Vía y la clientela de aquella maravillosa y pequeña barra, gol norte y gol sur, donde se agrupaban personas que hablaban, reían, discutían y lo pasaban pipa tomando un cubata de las mil y una bebidas: ron, ginebra, güisqui, vodka, etc.

            No había un dios público que se escapara a la crítica, eso sí, dentro de un orden establecido, pero el fútbol era el talismán más preciado, Antonio, el dueño, tenía instalados dos medianos televisores y los parroquianos -malaguistas, madridistas, catalinos, béticos, sevillistas y los había hasta de la Cultural Leonesa- echaban el rato y algo más; sin embargo, el fútbol, aunque unía, era una excusa para adorar al otro balón: al “pelotazo”.

            Y días hubo en que Ignacio apoyaba el codo más de lo normal, aunque como la distancia a su casa no superaba los veinte metros, nunca tuvo problemas en llegar, aunque sí en encajar la llave en la cerradura.

            Penetraba en silencio en casa y, desde el dormitorio, Virginia preguntaba:
            -¿Has cenado, chati?, a lo que él respondía: -Sí, mi vida

Listas negras


        Como uno no se encuentra en la “ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia, la enigmática Málaga, sino en “el lugar donde el viento silba nácar”, la luciérnaga llamada La Antilla, no tiene la información suficiente para saber si lo que se publica en la prensa impresa y digital es cierto o falso. Es lo malo, también lo bueno, que tiene llenar la maleta de prendas de vestir, introducir tres libros y los problemas personales, y dejar cerca de cuatrocientos kilómetros de distancia entre el Gran Vía y el Club Vera de Mar, lugares de residencia esté allí o aquí.

            Por allí, en Málaga, el chisme es facilísimo de conseguir; todo consiste en dar con un infiltrado y/o un cabreado con la autoridad competente para ponerse al día de lo que es verdad o es mentira. Cuando Franco, que Dios tenga donde le plazca, nada más existía una autoridad, pero ahora cuando la democracia ha acampado entre nosotros tenemos autoridades de todos colores por las distintas Administraciones, a saber, los del PP en Ayuntamiento y Diputación, y PSOE e IU en la Junta de Andalucía, hay, pues, donde elegir a los espías para ponerse al corriente.

            Se dice, tal vez sea cierto, que el PSOE ha elaborado un censo, valga la expresión, en los que están inscritos funcionarios y empleados públicos afines al capullo. Los del PP han puesto el grito en el cielo, lugar que ellos creen que existe, porque creen que los inscritos van a ser beneficiados con prebendas y cosas por el estilo.

            De siempre, en política han existido las llamadas listas negras. Ni agua, como te inclines con la plumilla por una u otra opción; ni pan que llevarte a la boca, si las cuatrocientas palabras las coloca en determinada balanza.

            Presumir de formar parte de un listado de presuntos forajidos es una gilipollez como la copa de un pino, pero, miren ustedes, un servidor se alegra tela marinera de formar parte de las listas negras de los dos paquidermos políticos que nos machacan a diario.

            Como hay tiempo, les iré demostrando durante este verano de 2012 que lo que digo es tan cierto como la vida misma. Oh la vida, este tránsito donde la verdad es fruta apetecida de unos pocos afortunados.

jueves, 19 de julio de 2012

La novia formal



            Los mozalbetes de los años cincuenta de la época de la dictadura eran, sexualmente, tan espabilados como los actuales mozos. Y ellas, fuesen Hijas de María o de la Sección Femenina, engatusaban a ellos con la misma práctica que hoy: la seducción.

            Sin embargo, hay que reconocer que por imperativo legal se actuaba más recatadamente. No se llevaba lo de morrearse en mitad de la vía pública, y qué decir de las parejas de igual sexo. ¿Existían?, sin duda: pero todas dentro del armario o en lugares extraños y lejanos: las playas en invierno o las fachadas de los cementerios, pongamos por caso.

            Pero la flecha de Cupido, ay el amor, surcaba los aires de las camisas azul mahón y también hacía blanco, cuando menos se esperaba, en mitad de algunos escapularios que portaban las niñas más beatas del lugar.

            Sin embargo, todo era más serio que actualmente y tenía más empaque. Existía la novia formal, lo que hace suponer que había otras, pocas o muchas, que eran informales, o sea, para pasar el rato; algo así como lo que ocurre en los tiempos presentes y que se conoce por ligue, plan o cualquier vaguedad de término que conduzca a darse un “lote” sin compromiso adquirido por ambas partes; porque con la “formal” había sus manitas, pero el varón siempre creía que las suyas eran las únicas que acariciaban a la dulce amada.

            Ignacio conoció a Virginia en la Avenida del Generalísimo de Melilla que, seguramente, hoy se llamará de la Constitución, pero que todos seguirán conociendo como siempre, o sea, la Avenida. En cuanto la vio, quedó prendado de aquellos rizos y de su pícara mirada.

            Y se hicieron novios formales a la temprana edad quinceañera, que era lo que se llevaba; mas la cosa no era tan fácil como ahora. Formalizar un noviazgo tenía su liturgia: comprobar si existía cierta química sexual entre los aspirantes; un besito por aquí y otro, más profundo, por allí; el acaramelarse de vez cuando; el pasear cogidos de las respectivas cinturas; y más detalles no necesarios de enumerar para evitar desmayos en los posibles lectores y, lo más importante, declararse a ella y pedirle ser novios formales.

            El culmen de la ceremonia era el día escogido por el novio para hablar con el padre de la novia y solicitar permiso para “pelar la pava” en casa, pues en invierno, a poco que se descuidara la pareja, se podía agarrar un resfriado de mucho cuidado.

            Aquel acto era la certificación de que el noviazgo, a no ser que se presentase un “accidente” impresionante, iba camino del altar para jurarse amor y fidelidad, uf, de por vida.

            Ignacio pasó el “trago” como mejor pudo dentro de su cortedad, aunque hay que reconocer que el futuro suegro le allanó el camino.

            El primer día que entró en casa de Virginia, un denso silencio reinó durante más de dos horas entre los padres, ella y él. Pasado ese tiempo, se levantó de la silla y dijo:

-          Bueno, hasta mañana. Buenas noches.

          En septiembre de 1960, se casaron en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. Tenía ella 23 añitos y él, 24 tacos. Igualito que hoy.

miércoles, 18 de julio de 2012

Un intento de cambio



Los años sesenta del pasado siglo eran tiempos de oposiciones con los parámetros de mérito, capacidad y publicidad; los de ahora son de perfiles, cuñados y dedos que señalan quiénes son lo agraciados para ocupar en la Administración un puesto de trabajo.

            Ignacio había estudiado lo suficiente para intentar aprobar unas oposiciones a “Plazas de más de diez mil habitantes”. Lo consiguió en Sevilla, esa ciudad que se basta a sí misma, y consiguió ser trasladado a Melilla, lugar donde su madre lo parió y en la que seguían viviendo sus padres y lo de Virginia, su esposa. Además, considerada en aquellos tiempos Plaza Fuerte, gozaba de un sobresueldo del 100% de la mermada paga de Maestro.

            Tomaba sus copas de tinto, en especial jumilla y valdepeñas; tal vez demasiadas y en más de una ocasión llegaba algo tarde a casa, lo que supuso algún que otro disgusto familiar Se supone que debieron ser algunos buenos amigos, los que pensaron debía comportarse mejor de lo que lo hacía, y así fue invitado a un retiro espiritual que resultó ser un Cursillo de Cristiandad, algo que él no tenía pajolera idea de su existencia.

            Una vez dentro de esa experiencia religiosa, pedagógica y psicológica, la vivió a tope. De entre los monitores, llamados “dirigentes” y venidos de Málaga, quedó prendado de dos acontecimientos: la desnudez con la que un sacerdote, de nombre Ángel, explicaba los dichos y hechos de Jesús de Nazaret, alejada por completo de las beaterías y tapujos de la Iglesia oficial y nacional, y por otro de la exposición de la vida desgarrada de un laico, Roberto, que parecía ser el Saulo perseguidor de cristianos y el Pablo, apóstol y mártir.

Lo que representaba aquel joven agitanado y de voz grave era, por una parte al pecador y, por otra, al santo que, sin algaradas, era capaz de pisar fuerte y seguro por la vida; en fin, era el prototipo de la conversión, del sujeto que había sido capaz de cambiar su mentalidad.

            Justamente esa fue la misión que Ignacio se propuso: intentar, siendo él mismo, ser otro. Alguien que, sabedor de sus posibilidades, las iba a poner todas a cultivo para que los hombres y mujeres que vivían en su parcela, su mundo, fuesen algo más felices.

            Inició la tarea con la fuerza con la que el toro bravo salta al ruedo y, con el paso del tiempo, finalizó la corrida esperando.

Parece que han perdido



         Los dirigentes andaluces del Partido Popular actuaron en su último Congreso, el celebrado en Granada, como si hubiesen perdido las elecciones municipales, generales y autonómicas celebradas en Andalucía. Y en verdad ganaron las tres, las dos primeras por goleadas y la tercera por la mínima. Por dicho Congreso, como un fantasma no esperado, apareció de improviso Mariano Rajoy y desapareció como alma en pena; las cosas no estaban para fuegos artificiales, pues se tiene la sensación de ser otra clase de incendios los que se estaban y están preparando.

            Arenas, cuatro veces baqueteado por el ejército socialista y, en la última contienda, por los compañeros de Valderas, diseñó un Congreso para que el PP sea vapuleado por quinta vez, a pesar del rollo ese de que no hay quinto malo.

            Blas Infante vino a decir algo así como que “de Sevilla no puede salir nada bueno”, el notario de Casares (Málaga), encumbrado a Padre de la Patria Andaluza, se refería a revoluciones políticas y no, lógicamente, a la Semana Santa y la Feria de Abril, dos hechos difíciles de superar.

            Que el magistrado y alcalde de Sevilla, señor Zoido, se hiciese con la mayoría absoluta por la ciudad donde el Guadalquivir se enseñorea a su paso, no es mérito suyo sino de la apocalíptica visión que el ilustre Zapatero tuvo de la gestión de la crisis económica. No tiene Zoido, punto de vista muy personal y por tanto discutible al máximo, ese carisma necesario para a la vuelta de la última esquina sevillana, llámese Dos Hermanas, sea capaz de bragarse de tú a tú en unas próximas elecciones autonómicas. Pues bien, dicho la anterior, Arenas ha propuesto, y los militantes han accedido a ello, que Zoido sea el nuevo Presidente del PP andaluz, cuando ha sido en la provincia de Sevilla, y con el magistrado encabezando la candidatura, donde los populares se han estrellado de mala o buena manera, según quién haga la lectura política.

            No satisfecho con ello, Arenas y Zoido, han encomendado a otro Sanz, no el melifluo trabajador de antes, a la Secretaría General, dándose la casualidad de que también es sevillano.

            Y me pregunto: ¿a mí qué me importa todo este trajín?, pero lo cuento para chinchar: es lo mío.

martes, 17 de julio de 2012

En la Moncloa




          Ignacio quedó sorprendido por la llamada que la Secretaria de Adolfo Suárez le había hecho a fin de mantener una entrevista con el Presidente del Gobierno de España; no tenía remota idea de la causa, y, aunque barajó algunas de ellas, todas fueron desechadas.

            Si Franco, dicen, lo dejó todo atado y bien atado, Suárez nunca dejó nada a la improvisación y quería saber por qué aquel Maestro Nacional, al que no conocía de nada, se había “colado” en el Congreso de los Diputados como “independiente” en las primeras elecciones democráticas del año 1977 por la circunscripción de Málaga, más aún cuando, según algunos informes del Ministerio de Interior, podía ser considerado como no adicto al régimen franquista.

            Suárez había ido llamando, uno a uno y por separado, a todos los partidos políticos que formaron la Unión de Centro Democrático, y por el palacete de La Moncloa habían pasado el Partido Social Demócrata que liderara Francisco Fernández Ordóñez, la Democracia Cristiana de Iñigo Cavero, los liberales de Joaquín Garrigues e Ignacio Camuñas y los liberales andaluces de Manuel Clavero.

           Los últimos en ser recibidos por el Presidente fueron los “independientes” de Rodolfo Martín Villa, el grupo más amplio de todos y formado por gobernadores civiles, alcaldes, presidentes de Diputación y algunos ex cargos orgánicos del antiguo Movimiento Nacional. En ese mare magnum, pero sin contaminación alguna, se encontraba Ignacio.

            Durante ese encuentro, Suárez abrazaba y saludaba a todos y todas como personas muy conocidas, como así era; por ello, cuando llegó a Ignacio, y tras un fuerte apretón de mano y el abrazo consiguiente, le preguntó:

-          ¿Y tú, quién eres?

          Tres meses después de aquello, Ignacio es requerido por el Presidente para charlar informalmente de algunas situaciones de la UCD en Málaga, pero en realidad se trataba de saber algunos aspectos ideológicos de aquel Maestro de Escuela que formaba parte del Grupo Parlamentario Centrista. La entrevista no pudo considerarse de interrogatorio, pero sí de conocer, valga la expresión, las “entrañas” del entrevistado.

            Esencialmente, toda la conversación, de algo más de hora y media, giró en torno al Movimiento de Cursillos de Cristiandad del que Suárez había sido dirigente, e Ignacio Presidente del mismo en la diócesis de Málaga, y envuelto en algún problema social, no importante, durante su mandato.

            “Vamos -preguntó Suárez, como colofón- que se te puede considerar algo anarco-cristiano”

            “Pues sí”, contestó Ignacio.

            Esa fue la segunda entrevista que mantuvieron los dos. Hubo una tercera que puede considerarse como definitiva. Es necesario reconocer que entre ambos existió una buena “química”.

"Que se jodan"



          La hija del señor Fabra, el que fuese presidente de la Diputación de Castellón y responsable de la construcción del aeropuerto inaugurado en tiempos de elecciones y que sigue sin ser estrenado, la hija, decía, Andrea de nombre, cuando Rajoy daba a conocer su rosario de recortes y los diputados del PP aplaudían a su jefe, tal vez para aliviarle del mal trago que estaba pasando, fue la muy ladilla y soltó un aleluya que se ha convertido en el grito de guerra de los desheredados, machacados, recortados, parados y descompensados ciudadanos que, aunque la canícula parecía que iba a detener su justo cabreo de jodidos, van por todos los rincones de la España escupiéndole a la tal Andrea: que se jodan.

            La diputada nacional, vaya forma de honrar el encargo encomendado por la ciudadanía, no ha tenido otra ocurrencia que cornear, dice la excelentísima becerra, a la bancada socialista con el ya famoso insulto que se corea por l@s indignad@s en los lugares donde la “poli” permite su presencia.

            Uno, testigo de pateos frente a aplausos, en las bancadas del Congreso, no tiene más remedio que solicitar de los mandamases del Partido Popular la rápida expulsión de la excelentísima señora, o señorita, Andrea Fabra de ese recinto que debería ser sagrado, pues no es digna de posar sus cachas en el escaño de marras.

            Y es que ese “que se jodan” salido del alma de su señoría, si la tiene, es sinónimo de “que les den”, pero de manera más burda y soez. Es la prepotencia de la riqueza frente a la pobreza, de la seguridad del tener frente a la escasez de medios para subsistir, es enchufar la manguera de la gasolina para que prenda el ya existente fuego de la injusticia, es alegrarse del mal ajeno y jalear el mismo para que persista.

            No, no se merece Andrea Fabra que viva de nuestras rentas y de nuestra santa paciencia que, a  poco que sea zarandeada por insultos  como el lanzado por ella, puede convertirse en una cuchilla que acabe con tantos descerebrados, en el caso que nos ocupa: descerebrada, por no afilar más mi lengua en la tardenoche de hoy.