martes, 18 de diciembre de 2012

Tierra de rastrojos



             La calle es un hervidero de gente cabreada con razón. No existe descanso para mostrar el enfado común. Le das la vuelta a la esquina, enfilas tus pasos hacia cualquier lugar y te encuentras con una pequeña asamblea que debate decisiones, un grupo de jubilados que jalea gritos contra aquellos que mermaron sus ingresos legales, los de sanidad con sus batas verdes ponen “morao” al más pintado, los de la toga se preparan para sumarse a la fiesta, los policías locales se niegan a colocar en el parabrisas del coche la multa, los parados se ponen en movimiento, los profesores no pueden perder más días de sueldo y optan por murmurar en los oídos de sus alumnos, éstos se suman al festín, los sindicatos movilizan ahora a toda pastilla, la clase política de izquierda se encuentra a gusto en este enorme e injusto desaguisado y la de derecha, aguanta por ahora el palo con su mayoría absoluta.

            Y en este inmenso mare magnum, un hombre,  o una mujer, no se halla por más que se busque. No es que no le importe todo lo que está ocurriendo, no es eso; le ocurre que anda inmerso en la búsqueda de él mismo, está ahondando con las órbitas de sus ojos mirando hacia sus adentros y no encuentra nada que pueda hacer para ayudar al otro; ni tan siquiera a él mismo.

            Y es que ha llegado felizmente en su tristeza a descubrir que no es de este mundo, de esta sociedad, de esta mentira, de esta bazofia, de este tumulto, de esta falsa revolución que, a fin de cuentas, no busca nada más que la sustitución del otro en el poder.

Esta sociedad, este nuevo capitalismo que lleva a la pobreza, es tierra de rastrojos que hay que quemar y volver a plantar la semilla para que florezca la nueva y buena hierba.

Hay que incendiar el mundo para que una nueva luz nos alumbre.


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