domingo, 30 de diciembre de 2012

Tachando y escribiendo


Lo que han dado los hombres y mujeres en llamar año, comienza en cuarenta y ocho horas.

Ya están a la venta las nuevas agendas. Las hay para todos los gustos, y ya empiezan a ser usadas.

El hombre, con avidez insaciable, va anotando, apropiándose de días para reuniones, viajes, almuerzos, etc.

Los viejos teléfonos se trasvasan a nuevas agendas. Algunas personas, simples números, ya no forman parte de la nueva agenda; “quedaron por el “camino”, se usó de ellas, no nos valen.

Nuevos números, personas, en el transcurrir del año, volverán a anotarse, y, más tarde, en agendas de nuevos años, quedarán “descolgadas”.

Cuanto me gustaría ver -tener- una agenda para construir amor, ¡sería tan hermoso!, pero las agendas no quedan conformadas como hacedoras de Amor.

El interior de las agendas huele a dinero, comida y negocio; huele a consumo.

Desearía clavar en mi nueva agenda un fin de semana para ir a la cueva del amor: allí donde la noche amanece y un tono rojo envuelve a la tarde.

Ese viaje no necesita de agendas: cierro los ojos, y allí estoy.



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