viernes, 7 de diciembre de 2012

"Sentí cobardía parlamentaria"


Este viernes plomizo y lluvioso, pilar importante en la construcción de este puente donde los bienaventurados que se han pirado de sus lugares de origen para solearse, se ha cargado parte de las expectativas de la poderosa trashumancia que se desplaza por un deseo de huir de la tensión diaria del siempreigual.

Y no todos somos así. Personalmente, cuando los escaparates y los bares se encuentran apagados, y algún transeúnte camina por D. Cristián tremolando su paraguas y los pequeños pájaros buscan cobijo en la gran copa del árbol que cubre una ventana del Gran Vía, saco billete de primera clase para bucear en mi interior y emprender un viaje en busca de algún pasado que sea más atractivo que este presente que, sin paliativos, debe tener una fatal desembocadura.
Al igual que ayer, deseo escribir de los debates constituyentes y de mi reacción publica ante ellos. Fueron nacionalistas vascos y catalanes los grandes protagonistas, junto al juego en contra de los partidos de ámbito central, del debate del famoso Título VIII de la Constitución Española, el que trata de las competencias de las Comunidades Autónomas.
Llamó mi atención el silencio que, durante todo el proceso constitucional, aleteó sobre la palabra Andalucía, esta inacaba realidad que elegí para existir, vivir y morir; poseo cuatro densos tomos que guardan en sus páginas todo lo que se habló sobre el nuevo Estado Español que se construía, y en ninguno de ellos se nombra la tierra que, según Benedicto XVI, fue cuna de los Reyes Magos, y tan Magos.
Con motivo de una visita de Plácido Fernández Viaga a Málaga, recién aprobada la Constitución, el Presidente de la Junta de Andalucía reunió a las fuerzas políticas de la provincia y les expuso su grado de satisfacción con la joven Constitución. Pedí la palabra y, tras una breve intervención, expuse que “sentí cobardía parlamentaria” toda vez que ninguna voz, incluida la mía, se había alzado denunciando la pobreza de nuestro pueblo.
Desde ese instante fui condenado a muerte política y, aún hoy, vivo aquella agonía, pero como dijera el poeta: “me queda la palabra”

www.josegarciaperez.es



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