sábado, 8 de diciembre de 2012

¿Es dogmática la Constitución?


             El mundo católico celebra en el día de hoy el dogma “De la Inmaculada Concepción”; corría el 8 de diciembre de 1854 cuando el Papa Benedicto XVI promulgó tal norma de obligada creencia para los fieles; por ella, lo que pone a juicio de la razón es que la madre de Jesús de Nazaret fue concebida, porque así lo dispuso el misterioso Dios, sin mancha ninguna y que, por lo tanto, ella no es heredera del llamado pecado original, sostén y vértebra del más rancio catolicismo que, en un acto de sinrazón, cree que todos los bebés del mundo nacen con el pecado heredado de los mordiscos que Adán y Eva le dieron a la manzana a instancias de la sibilina serpiente, signo del demonio pinchapapas.

            Para algunos la Constitución Española anda convirtiéndose en una especie de dogma que hay que creerse de “pe” a “pa”; y así, un periodista malagueño de forma burda e insolente, trata de hacer broma de los cinco millones de parados que existen en España comparándolos con el artículo de la Magna en el que se lee: “Todos los españoles tienen derecho al trabajo”, además de establecer otros paralelismos con la vivienda, la democracia de los partidos, etcétera, etcétera.

           La Constitución formula, pero no crea los puestos de trabajos o las viviendas dignas. La Constitución tensiona al político y a la ciudadanía para que esos logros algún día puedan ser realidad vida y, si no lo consigue la clase política, que perece no está por la labor, será el pueblo el que reclame su derecho a decidir en muchas cuestiones, derecho que puede ser logrado por las buenas o por las otras.

            La Iglesia Católica no puede echar marcha atrás en sus pronunciamientos dogmáticos, incluido el de la Inmaculada; pero el pueblo si puede lograr que los políticos rectifiquen lo que fue bueno hace 34 años pero que hoy queda obsoleto, repleto de polvo y paja, y esperando que la ciudadanía consiga con su batalla diaria que se cambie lo inservible.

            Y son muchas cosas, demasiadas, las que hoy, bajo el tabú del consenso constitucional, deben y pueden ser cambiadas sin necesidad de volar el Puente de la Constitución.


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