lunes, 24 de diciembre de 2012

Cuento de Navidad


          Érase una vez los abuelitos José y Rosi que vivían en una ciudad, llamada Málaga, que se encontraba a orillas de las montañas y del mar;  como llevaban muchos años juntos ya no tenían necesidad de decir que se querían; su única hija, Rosamary, con sus nietas Carmen y Elena, y su esposo Manuel, residían lejos, muy lejos de ellos.

            Cuando llegaba la noche más buena de todas compraban mantecados, turrón y roscos, adornaban su hogar con pastorcitos, una estrella que tenía rabo, una mula, un buey, el niñodiós, José, María y un río por el que corría agua; también colocaban una zambomba y un pandero.

            Durante esas fiestas las familias intentan pasar juntos esa bella noche; pero aquel año, a Rosamary le tocaba estar con los padres de Manuel; de manera que los dos abuelos prepararon la mesa para cenar como siempre, pero un poquito mejor.

            Él, con disimulo, observaba a ella en su trajín de colocar el mantel de lujo y los cubiertos, y en ella se veía él con sus arrugas, su paso cansino y el deseo de parecer que no eran tan viejecitos como en realidad eran.

            En ese ir y venir de la cocina al comedor, un sonido del teléfono de la calle llamó la atención de Rosi; José no lo escuchó porque andaba mal de los oídos, cosa de los años.

            La abuela dijo al abuelo que había abierto la puerta del bloque de vecinos a alguien que traía un paquete; el abuelo se extrañó porque no eran horas para eso; sonó el timbre del piso, y entró la luz del cielo: Rosamary; soy el paquete, dijo. Dos lágrimas resbalaron de los ojos de José hasta el corazón. Y todo fue fiesta.

            Y hablaron y rieron y cenaron y cantaron el villancico de siempre, aquél que aprendieron de sus antepasados: “Por los caminos del cielo/ se pasea una doncella/ se llamaba Encarnación/ porque Dios se encarnó en ella.”

            Y colorín, colorado, este cuento ha empezado.



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