martes, 11 de diciembre de 2012

Aprendiendo a contemplar



            De día no nos veíamos. Cuando llegaba el ocaso, salíamos a pasear por la ribera. Era el único entre los paseantes que no vestía pantalón corto; al llegar a la playa se arremangaba los vaqueros a la altura de las rodillas, las alpargatas anudadas al cuello e iniciábamos la andadura.

            Íbamos dejando todo vestigio de “civilización” (sombrillas, bolsas de basura, cañas secas, etc.) y nos introducíamos en la virginidad de la playa.

            Llegábamos todas las tardes a las inmediaciones de la “casa del palo”; una vez allí, atravesábamos frontalmente la playa y nos sentábamos en cualquiera de las dunas, frontera natural de la marisma.

            Era un placer ver la lengua del Río Piedras a su paso por El Rompido; a la izquierda, el coquetón puerto de El Terrón prestaba sus barcos de pescadores a la riqueza visionaria del paisaje.

            Le pregunté: -¿Qué piensas, Juan?
            Él, inmutable, respondió: -Nada, contemplo.

          Tenía la sensación de blasfemo cada vez que le preguntaba cualquier cosa. Había días que pasábamos más de dos horas sin cruzar palabras. Siempre me ha impuesto la manera de ser de Juan, le reconozco su autoridad de magisterio de vida.

            -Qué es contemplar?, le pregunté.
            -Llegar a formar parte del paisaje. Adentrarse en la marisma con la mirada inquieta de la búsqueda. Navegar a través del río Piedras. Vivir la mirada de uno mismo. Templar el ánimo con lo real y lo soñado.

            De regreso al viejo apartamento, gustaba de hacer el camino con la caricia en sus pies de la plateada pleamar; de vez en cuando detenía el paso y miraba hacia atrás mientras sonreía.

            -Es un milagro-, exclamaba.

            Una inmensa negrura envolvía a la propia noche. Las pequeñas luces de las chalanas señalaban un tenue resquicio de vida. Yo intentaba ver el milagro, pero no lo conseguía.

            -¿Dónde está el milagro?, ¿a qué te refieres?, ¿a la noche?, ¿al silencio roto por las olas?

            -El milagro –decía- está en mis retinas.

            Y es que poseía una limpia mirada.

(En el X Aniversario de la muerte de Juan el de Cartajima, mi amigo)

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