lunes, 12 de noviembre de 2012

Serían las cuatro de la tarde...


              Serían las cuatro de la tarde del pasado domingo cuando bajé al Gran Vía; estaba decretada la alerta amarilla y un fuerte viento con un gris enormemente plomizo anunciaba una tarde noche de las que gustan estar acompañados y en cobijo. Desde la terraza de casa observaba a los escasos transeúntes que cerraban los paraguas por la fuerza del dios Eolo, de manera que dejé el artefacto y me enfundé la chubasquera que muestro en mi www.josegarciaperez.es y encasqueté en mi loca cabeza una gorra prosoviética.

            Iniciaba el Sevilla FC su partido contra el Atletic; el dueño, Antonio, y yo éramos los únicos ocupantes del bendito local. No fue necesario pedir ninguna consumición, pues ya estaba encima de la barra un cortado con su correspondiente sacarina. “Mal día”, comenté con él; asintió. Dos goles de los de Bielsa dieron al traste con mi pequeña ilusión de que el equipo del barrio de Nervión se acercase a los grandes.

            Entró una heterosexual pareja conocida; ya tenía mi gin-tonic esperando. El marido mantiene una pelea de más de diez años contra un cáncer de próstata. “¿Cómo vas?”, “voy”, contestó. Hablamos de otras cosas que no importaban a ninguno. Me invitaron.

            Llegó Rafael, un tipo fenómeno que se dedica a la construcción; buena persona, sencillo con naturalidad y con ansias de aprender. Hablamos de las putadas de los desahucios y la avaricia de los bancos. Penetró el umbral un seguidor del Barça, pues se acercaba su encuentro con el Mallorca; el ron Cacique acarició los cubitos de hielo y hasta mí llegó su aroma de caña de azúcar. Pedí otro gin-tonic al tiempo que una pareja de novios optaron por un café con leche y un pacharán.

            La pequeña universidad popular fue acogiendo más alumnos oficiales, a saber: Emilio, el malagueño que más sabe de Peñas y Cofradías, Manuel el de los Juzgados, Juan “Manteca” cocinero de prestigio, Manolo, jubilado y, en sus tiempos de curro, relojero artesano. El tercer gin-tonic estaba ya servido, y pedí algo de jamón y una anchoas con queso, buenísimo el contraste; para entonces el “tigre” Falcao corría por el césped del estadio Calderón. Y a la espera “del hombre que está triste”, fueron apareciendo Paco, Fernando y otros.

            Había solicitado el gin-tonic número cuatro que sabía no lo iba a terminar, cuando asomó sus rayos celestiales Paco Montoya (el de la foto), un perchelero que viene de echarle un pulso a un maldito cáncer de esófago, entonando fugazmente un villancico; mis lágrimas cayeron en mi interior, y me congratulé en su contacto. Antonio me sirvió otro café con un guiño de complicidad.

            Alejandro nos saludó como un buen aragonés sabe hacer; esperó su queso curado y paseó el plato entre los amigos, para ese instante en mis manos se posaba un chorrillo de JB con hielo.

            Charlamos de la huelga, del gobierno, de las hipotecas, de las damas, de la vida y de lo otro. Echamos un buen rato de ocho horas, porque serían las  doce de la noche cuando Montoya, Alejandro, Emilio y este cabeza loca abandonábamos en perfectas condiciones el Gran Vía.

            Una especie de arco iris nos cubría de la lluvia.

4 comentarios:

  1. Gracias por este relato José. hay tardes que solo quieres VIVIR viendo al gente. Simplemente eso. Un abrazo enorme.

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  2. Me encantan sus copos y los leo a diario, aunque ultimamente con cierta perturbacion.Vd muy critico con los que bebian, sin embargo vengo observando que su actividad siempre se desarrolla con un vaso ó dos ó mas de alcohol.Curiosamente a los que criticaba, de hecho practicamente no beben

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  3. No se preocupe más de lo necesario, amig@ anónim@. Sigo bebiendo.

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