lunes, 19 de noviembre de 2012

Otra forma de usar las tijeras


           Cuando la gente lo pasa mal de verdad, los corazones de cartón piedra se transfiguran en vísceras que palpitan. La necesidad del otro extrae lo que tenemos de buenos samaritanos y vamos dando lo mejor de nosotros que, por cierto, no es otra cosa que nuestra humanidad en ejercicio.

            Lo acción que realizaron ayer algunos peluqueros de Sevilla, la ciudad que se basta a sí misma, es digna de dedicarle unas simples líneas. Tomaron sus utensilios de trabajos, por supuesto que tijeras incluidas, y se encaminaron hacia la Plaza Nueva donde y, ante la expectación de turistas y transeúntes, desplegaron su corazón en forma de pancarta en la que se leía: “Servicio gratis a cambio de un kilogramo de alimentos”.

            Ese pueblo, el sevillano, que vive la bulla mejor que nadie, se movilizó y al compás de las malditas tijeras, benditas en esta ocasión, rociaron la plaza de alimentos de toda clase: papas, panes, garbanzos, lentejas, jamones, botellas de vino, salchichones, mantecados… y no dieron la vida, porque no se la pidieron.

            Hicieron falta varios camiones para transportar a un Banco de Alimentos todo lo recogido, al tiempo que las tijeras cortaban bucles, melenas y coletas.

            Sé que no es la gran noticia de hoy, pero el ejemplo es significativo: estrujarse la cabeza al máximo para aportar algo al prójimo: o sea, sentirse instrumento útil en esta sociedad malparada por otras clases de tijeretazos.



                                                                                                                  

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