martes, 20 de noviembre de 2012

El miedo de ayer


           Durante la madrugada de hoy, con esa guerra que se sostiene entre dormir o no, me incorporé de la cama y, algo sedado, acudí a la llamada de la amistad virtual que se descubre en las redes sociales.

            Una vez encendido el aparato que nos pone en contacto con un@s poc@s amig@s, tecleé recibir mensajes y aparecieron una docena; entre ellos, una ristra de comentarios en torno a un escrito que Francisco había colgado sobre el miedo.

            Serían las dos o tres de la madrugada cuando escribí un comentario a propósito del tema, y me despedía deseando felices sueños a los que habían echado un rato con el miedo como objeto de diálogo; a mi amiga Ana, especialmente a ella, le deseaba un feliz y dulce sueño.

            Ocurre que esta mañana, tras el aseo pertinente y la manduca correspondiente, me he puesto frente al ordenador y, sea por lo que sea, ya no existía ese mensaje; por un momento he llegado a dudar si lo colgué o no, y no hay duda: lo colgué: y no está.

            Lo que venía a decir en él, es que el miedo forma parte de la ristra de sentimientos que arrastra cada persona, y que no es malo, mucho menos vergonzante, reconocer que en determinadas ocasiones el miedo nos la juega en cantidad.

            Lo más facilón es decir “Carpe diem”, o sea: vivamos al día; pero no todos los días son iguales y, felizmente, las personas tampoco somos objetos fotocopiados o, como decía mi santa madre: “cada uno tiene su corazoncito”

            Tengo miedo a que los sueños dejen de serlo. No temo a mis sensaciones. No tengo miedo al miedo. De sentir miedo, cosa que no sé si afirmarlo o no, lo tengo de mí mismo. Y siempre he temido que los ideales que forjé durante mi vida, se hayan quedado en simples metas.

            ¡Ah!, soy humano


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