sábado, 10 de noviembre de 2012

Aquel polvo de Montana




          José siendo niño quedó marcado por tres películas de finales de los cuarenta del pasado siglo, a saber: “Murieron con las botas puestas”, “Eran cinco hermanos” y “La tortura de la carne”. La primera de ella fue interpretada por Errol Flynn, de la segunda no tiene idea de sus intérpretes y en la tercera, Akim Tamiroff fue el banquero que vino a menos terminando, tras un drama épico, en barrendero de parques.

            Las dos últimas nunca las pudo volver a ver, pero aquellas de “las botas puestas” la contempló y saboreó en más de treinta ocasiones y con distintos protagonistas; ya saben que dicho film narra la batalla de Litle Big Horn, lugar donde Caballo Loco acabó con el Séptimo de Caballería del coronel (general para algunos) Armostrong Custer, incluido el militar.

            En las tres, José lloró a moco tendido por lo que puede desprenderse que con sus trece o catorce años era una mozalbete capaz de sentir su corazón golpeado por un inquietante pom pom pom.

            Casado ya, y con una posición que llaman clase media alta, no dudó un instante en gastarse sus ahorros para, junto a su esposa y un matrimonio amigo, volverse algo loco y marchar a Montana para ver in situ el lugar donde los indios sioux libraron su última batalla antes de retirarse a Canadá y, lo más importante, llenar un saquito de  polvo de Montana, más concretamente del lugar donde se desarrolló la pulverización de Custer y sus hombres.

            Fueron tres noches y cuatro días los que pasó José en la “Tierra de Montañas Brillantes” y se dio un par de paseos en canoa navegando parte de los ríos Misuri y Yellowtone.

            Jamás olvidará la primera noche que pernoctó en el hotel “Howard Johnson” en el que su esposa, ataviada con una ropa interior inquietante por lo erótica -algo que hacen todas las mujeres cuando salen de viaje-, pidió más guerra que Caballo Loco y él, José, Custer, perdió la batalla.

            En estos días que José no ha estado nada bien, ha abierto el saquito de Litle Big Horn y ha rociado la terraza de polvo de Montana, y ha sabido sonreír.

            Qué polvo el de Montana.



1 comentario:

  1. Sonreir, y hasta reir nos ha hecho a alguna con este copo y la guinda que has puesto al pastel. Gracias por tu magnífica ironía incluso en mitad de la tormenta. Besos!

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