domingo, 28 de octubre de 2012

Una hora más




           Esperaba el mensaje con serenidad, y de él hice una ceremonia. Leí los papeles con prisas y un cierto desasosiego, como los niños furtivos cuando se copian en los exámenes. No me importaban las letras, sílabas, palabra y oraciones. Mi alma crecía al tocar el mismo papel que tú habías palpado.

            Me fui no sé dónde. Hoy gozaba de una hora más para hacer cualquier locura. Con el pensamiento encaminé mis pasos hacia la playa “donde el viento silba nácar”, nada más nos encontrábamos la mar, el mensaje y yo. Todo mi ser se inclinó hacia tu espíritu, recuerdo e inacabada ausencia.

            Rompí en mil trozos, dentro de la mar, cada papel del mensaje y los sumergí en las aguas. Una y otra vez volvían a emerger en tonos blanquiazules que a mí alrededor se mecían.

            Desnudo con mi locura, lancé a los cielos, con todo el impulso de que son capaces mis manos, miles de gotas saladas a cuyo interior se trasladaba el sol, y así, convertidas en miles de estrellas que caían sobre los miles de papelitos blanquiazules que, con la suavidad del bucle de las olas, iban trasladándose hasta la orilla.

            El sobre, escrito en rojo, fue devuelto a las arenas, pero salvé tu nombre -el misterio del amor-, y con mimo, con el gesto más exquisito que criatura pueda imaginar, lo deposité en el mágico conjunto de aguas, el océano, y dentro de la plaza del asombro que este mundo es, tu nombre, flotaba entre los rizos salados de la mar y, con dulzura, iba navegando hacia el lugar donde tienen acogida todos los símbolos.

            Todavía hoy, con esta hora de más, soy capaz, si me lo propongo, de verlo, tocarlo y besarlo.   

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