martes, 2 de octubre de 2012

El día del cerrajero



            Hay días que uno espera pasarlos, sino felices, sí, al menos, tranquilos; ayer fue uno de ellos. Había buscado y encontrado una cita que cuelgo todos los días en facebook, concebido y dado a luz el “copo” nuestro de cada día y, sabiendo que había tiempo de sobra, dejé para la cansina tarde mi tarea en www.papel-literario.com, que, por cierto, va camino de cumplir veinte años de existencia que no es moco de pavo, pero que con los fieles que colaboran en él se ha convertido en una de las webs literarias más conocidas a nivel mundial, sin olvidar el decenio y algo más que se mantuvo como suplemento cultural de un periódico malagueño que se vio obligado a echar candados y cerrojos ante la ruina que se le venía encima.

            Pues ya les decía, tan tranquilo me veía venir el día que, para disfrute de él, llamé a mi amigo Montoya para tomar unos chatos y hablar sobre el pasado de la zambomba, el pandero y la matalahúva que, en cuanto nos adormilemos algo más de la cuenta, la tendremos en forma de Papá Noel y árbol de navidad.

            En ello estábamos, cuando sonó el localizador para avisarme de que Mari Carmen, la señora que nos ayuda a sobrevivir, se había quedado encerrada en un viejo pisillo del que somos propietarios y que lleva camino de abocarnos a la ruina.

            Ya saben que en estos casos la figura extraña del cerrajero se agranda y agranda hasta convertirse en el único redentor posible; para su labor de caco honrado usa de las más extrañas herramientas, a saber: desde el papel de lija a una vieja radiografía, además de, claro está, instrumentos más sofisticados.

            Como ya he pasado por las morenas manos de otros cerrajeros, no pasó por mi mente cerciorarme del precio de la tarea encomendada. Así que lo dejé hacer, y lo hizo entre martillazos, ganzúas y más aperos; cuatro horas ininterrumpidas de mazazos, otra sesión vespertina y otra matutina hace unos minutos.

            Y a la finalización, un buen perraje, pero bueno de verdad. Cuando volvía a casa, tres pequeños negocios habían cerrado definitivamente en la acera donde vivo: una pequeña frutería, un negocio de reparación de ordenadores y una zapatería. Ante esos cierres, no hay cerrajero que valga, a lo más, y lo dudo, el señor Rajoy.

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