jueves, 6 de septiembre de 2012

350 palabras




He terminado de hacer la maleta. Todas las prendas  dobladas y bien dobladas. Ya saben, primero la ropa interior, pañuelos, calcetines; a continuación los pantalones; y para finalizar, las camisas abotonadas con dulzura. Mañana por la mañana salgo y llego a la “ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia”; por la tarde estaré con todos ustedes; y ya en la noche me daré un garbeo por “El Gran Vía”.

Las gafas que uso para escribir han quedado hechas añicos. Así que en cuanto deposite mi voluntad de amar en Málaga, lo primero que haré será ir a una óptica y encargar otras; ya ven que para escribir esta birria de “copo” tengo que pinchar, para ver algo, en el tamaño 20 de las letras. Una vez que termine, pincho “herramientas” y compruebo el número de palabras; con 350 de ellas me doy por satisfecho (en estos momentos llevo 151); después las comprimo a tamaño 14 y las envío a redacción.

Han sido 52 los días que he permanecido en este lugar donde el viento este año “no” ha silbado nácar o es que un servidor ha tenido taponado los oídos, cerrados los ojos y no he transitado por los alrededores de la “plaza del asombro”. No todo, pero casi todo ha sido vulgar, anodino, tedioso y más visto que el tebeo; todo lo escrito desde mediado de julio es ficción.

Hasta ahora he tecleado 240 palabras; se está haciendo larguísimo este maldito “copo”. Me salva la presencia del ficus que me observa y riñe, al tiempo que una de sus hojas se desprende y cae balaceándose en la brisa de poniente que envuelve este lugar donde el nácar se acaba de convertir en brisa, o viceversa. Lo que son las cosas, ahora que me voy me sacude la sensación de que aquella roja gaviota que posó su vuelo en mi sandalia me insinúa que me quede y saboree el cielo de septiembre.

Voy al viejo armario, busco mi blanco poncho, bajo a por la hoja del ficus y apuesto por quedarme. Y así lo hago.

Son 350 palabras.


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