jueves, 9 de agosto de 2012

El arpón



         El grupo de amigos y conocidos se había dado cita en El Gran Vía para ver la final de la Copa de Europa entre las selecciones de España e Italia. No más de diez son los integrantes del mencionado y “selecto” conjunto de parroquianos de la sagrada barra en la que, por regla general, es extraño ver a una mujer bien acodada

            Los más fieles son Pepe “el pollo”, Manolo “el bético”, Juan “el manteca”, el pequeño Fernando de 1,90 metros de altura, Ignacio, Julio, César, Pepe, Jimmy, Paco Montoya, Emilio, Quique, Pedro, Paco “el canijo” y yo. Tal vez se escape alguno, pero digamos que ese es el corazón que bombea alcohol casi todas las tardenoches.

            Somos gente normal, trabajadores, empresarios, abogados, jubilados, profesores y algún parado. Aunque no estamos abonados a hablar de política, salta el tema en ocasiones y la tolerancia, junto a la broma, consiguen disipar cualquier elemento perturbador; la religión, a causa del santoral que conoce perfectamente Manolo “el bético”, sí es motivo de alguna controversia que rápidamente se termina mandando al infierno al que se salga de la principal norma establecida: respetar al otro. Lógicamente en el fútbol los hay de todas las leches, pero jamás el balón ha logrado romper la armonía.

            Ese día se produjeron dos excepciones: que todos iban a favor de la selección de Iker y que una mujer, Alejandra, irrumpió en el interior del Gran Vía ataviada con la bandera de España y al son de un pasodoble que, por cierto, bailó con Ignacio y que terminó con el estampido de un beso de ella en la mejilla de él, en el que percibí un rubor le cubría toda la jeta.

            Con los cuatro chícharos de España a Italia, al clima reinante solamente le faltaba que una cerilla prendiera el alcohol que había en el ambiente para que el fuego estallase.

            Al final, aunque todavía quedaban horas prohibitivas que son las mejores, me acerqué a Ignacio y le pregunté:

-          Bueno, ¿y cómo acaba el Cursillo?
-  Y ahora vienes con esa capullada.

        Se notaba que estaba cargado, pero yo sabía que no del todo, pues aún la lengua obedecía al cerebro, o sea, que, como me decía él, cuando no pueda pronunciar paralelepípedo me acompañas a casa, y en ese instante todavía lo pronunciaba con cierta soltura.

-          Pues mira, el Cursillo termina con un arpón que introduje en la teoría de Cursillos; porque el cursillo, está concebido para que te vayas al mundo con un arpón  clavado al igual que las ballenas; éstas siguen por las aguas y el arpón, en un momento dado, hace su efecto. Juan, no lo olvides, a pesar de que me ves entre copas y bromas, el arpón lo llevo incrustado entre los omoplatos.
-          Venga –le dije- vamos a tomar la última.
-          Vale, pero lo llevo clavado. Y hará su efecto.

2 comentarios:

  1. Esperemos que el efecto del arpón sea leve y que Alejandra te siga sonrojando, así estás más guapo!!.

    Besos, corazón.

    Ana Pastor.

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  2. Oh, Alejandra: protagonista de la novela. El arpón anda oxidado de tan comer lentejas,, de manera que no hay problema.

    Besitos.

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