martes, 28 de agosto de 2012

Dos Iglesias



         Los Cursillos de Cristiandad siempre han sido catalogados desde el interior de la Iglesia Católica y por la sociedad progresista de mediados de los sesenta que, por cierto, no se veía por ninguna parte, como un movimiento conservador. En parte, ambos entes, diría que fantasmagóricos, llevaban razón; sin embargo, había excepciones, y la diócesis de Málaga fue una de ellas porque en el seno de la llamada Escuela de Dirigentes del Movimiento de Cursillos de Cristiandad existió el debate llamado de “los palos de la cruz”, o sea, el vertical que venía a significar una mayor religiosidad y el horizontal, más compromiso temporal; Ignacio pertenecía al segundo de los grupos.

            Pero ese mismo debate que se daba en el seno de los “Cursillos” se daba en la propia Iglesia. Los que no deseaban que lo religioso se inmiscuyera en lo social, o lo que es lo mismo, los adictos al régimen franquista; y los que no comprendían que la fe no influyera en los bastidores de la dictadura; dichas posturas, en un principio, estaban representados respectivamente a nivel de personas con influencia nacional en monseñor Guerra Campos y el teólogo malagueño José María González Ruiz. A nivel de asociaciones religiosas, concebían una iglesia impregnada de compromiso temporal minigrupos como la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y en el segundo aspecto, al todopoderoso Opus Dei de monseñor Escrivá.

            El M.C.C. por su particular forma de ser, hay que tener en cuenta que no era, ni es, asociación, no buscaba adeptos, no daba cané ni había cuotas de por medio; su única finalidad es que la persona que hacía “Cursillos” volviese a su puesto de trabajo y/o a su parroquia para dar testimonio de vida; ofrecía, eso sí, la formación de grupos de personas, unidos por la amistad o abocados a conseguirla, que facilitaran el rodaje inicial para los “convertidos”; y poco más.

            El Concilio Vaticano II que convocara e iniciara el Papa Juan XXIII y continuó y clausuró Pablo VI en 1965, vino a añadir alguna leña más al fuego del debate establecido, esencialmente por la única Constitución Pastoral aprobada en dicho Concilio que contó con el voto en contra a la denominación de Constitución, de 541 padres conciliares: la  “Gaudium et Spes”, que fue promulgada por el Papa el mismo día de su aprobación, el 7 de diciembre de 1965 y en la que por vez primera la Iglesia reconocía sus pecados por  omisión en el compromiso temporal con la sociedad, leña que se acrecentó con la posterior encíclica de Pablo VI en 1967: “Del progreso de los pueblos”, documento que el régimen franquista y gran parte de la jerarquía eclesiástica silenciaron o, al menos, lo intentaron.

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(CAPÍTULO DE UNA POSIBLE NOVELA DE JOSÉ GARCÍA PÉREZ) 

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