miércoles, 18 de julio de 2012

Un intento de cambio



Los años sesenta del pasado siglo eran tiempos de oposiciones con los parámetros de mérito, capacidad y publicidad; los de ahora son de perfiles, cuñados y dedos que señalan quiénes son lo agraciados para ocupar en la Administración un puesto de trabajo.

            Ignacio había estudiado lo suficiente para intentar aprobar unas oposiciones a “Plazas de más de diez mil habitantes”. Lo consiguió en Sevilla, esa ciudad que se basta a sí misma, y consiguió ser trasladado a Melilla, lugar donde su madre lo parió y en la que seguían viviendo sus padres y lo de Virginia, su esposa. Además, considerada en aquellos tiempos Plaza Fuerte, gozaba de un sobresueldo del 100% de la mermada paga de Maestro.

            Tomaba sus copas de tinto, en especial jumilla y valdepeñas; tal vez demasiadas y en más de una ocasión llegaba algo tarde a casa, lo que supuso algún que otro disgusto familiar Se supone que debieron ser algunos buenos amigos, los que pensaron debía comportarse mejor de lo que lo hacía, y así fue invitado a un retiro espiritual que resultó ser un Cursillo de Cristiandad, algo que él no tenía pajolera idea de su existencia.

            Una vez dentro de esa experiencia religiosa, pedagógica y psicológica, la vivió a tope. De entre los monitores, llamados “dirigentes” y venidos de Málaga, quedó prendado de dos acontecimientos: la desnudez con la que un sacerdote, de nombre Ángel, explicaba los dichos y hechos de Jesús de Nazaret, alejada por completo de las beaterías y tapujos de la Iglesia oficial y nacional, y por otro de la exposición de la vida desgarrada de un laico, Roberto, que parecía ser el Saulo perseguidor de cristianos y el Pablo, apóstol y mártir.

Lo que representaba aquel joven agitanado y de voz grave era, por una parte al pecador y, por otra, al santo que, sin algaradas, era capaz de pisar fuerte y seguro por la vida; en fin, era el prototipo de la conversión, del sujeto que había sido capaz de cambiar su mentalidad.

            Justamente esa fue la misión que Ignacio se propuso: intentar, siendo él mismo, ser otro. Alguien que, sabedor de sus posibilidades, las iba a poner todas a cultivo para que los hombres y mujeres que vivían en su parcela, su mundo, fuesen algo más felices.

            Inició la tarea con la fuerza con la que el toro bravo salta al ruedo y, con el paso del tiempo, finalizó la corrida esperando.

3 comentarios:

  1. A veces me pregunté si las enseñanzas de Cristo, el de la Biblia, tenían algo que ver con las de la iglesia católica.
    ¿Le pidieron a "Ignacio" algún requisito para entrar en los Cursos de Cristiandad?.

    Besos.

    Ana Pastor.

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  2. No, pero en aquellos tiempos de los que hablo, el buen requisito para intentar comprender o sentir era ser un pecador. Y yo, creo que lo era.
    Besos.

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  3. Si nos atenemos a las "normas" de aquellos tiempos, todos éramos pecadores en un grado u otro; mea culpa y yo pecadora, pero me gustaban más los Rollings que los Beatles. Creo que con ellos y su "Start me up" iré al infierno un día de estos.
    ¿Qué música le gustaba a Ignacio por aquella época?
    ¿Cómo se vestía?¿Qué estrella de cine prefería?¿En qué soñaba?.
    Cuando te canses de mis preguntas, me mandas a paseo, corazón.
    Besos.

    Ana Pastor.

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