miércoles, 25 de julio de 2012

Plegaria




                  Descalcé mis pies, tomé un puñado de arena y, en voz muy baja, musité:

            “Creo en el silencio de las marismas, en la vida de sus arenas, en la mar que me mira y sigue llamándome desde siempre.

            Creo en los blancos días y en días grises, en la luz que hoy no está presente con la intensidad de mi amado marzo.

            Creo en las nubes de levante que se acercan en negra borrasca, en los hombres y mujeres que habitan este planeta. Creo en el espíritu de los seres humanos, en el dios y demonio que llevamos dentro. Creo en todo lo que abarca mi vista y en lo que desea abarcar. Creo en ti, señor de lo creado, ser de la Armonía y del Bien.

            Me presento como hombre que quiere ser, que quiere amar, que quiere vivir. Me presento como pequeño misterio de tu poder, como pequeño dios encarnado en la marisma. Te respeto y me complazco en ello. Respeto y amo la vid que me rodea.

            Soy una continuación de ti mismo. A veces, me equivoco. Reconozco mi error; no soy soberbio. Te amo y me amo. No conozco el odio. Nunca lo conoceré, porque todo lo creado es bueno en sí”

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