martes, 24 de julio de 2012

Montoya


Si pudiéramos colocarnos en la Málaga de 1936, nos encontraríamos con una ciudad dividida sociológicamente por el río Guadalmedina: los del río para allá y los del río para acá. En el lugar que podríamos denominar “Del río para acá”, territorio donde vive Ignacio, se encontraban los famosos y paupérrimos barios de la Trinidad, Perchel y los Percheles, un trípode de barriadas que escasos malagueños que habitaban la otra parte del río visitaban, pues ellos y ellas vivían donde florecían los ricos focos ciudadanos de el Limonar, la Malagueta, el paseo Marítimo, calle Larios, Catedral, etc.

            Aunque en la actualidad la sociología malagueña ha cambiado algo, siguen siendo numerosos los ciudadanos que no han cruzado el puente de la Aurora para manchar sus pies en el cascarón ruinoso de la Trinidad  o en las callejuelas intransitables del Perchel; ha ocurrido, sin embargo, que el buque insignia del comercio español, El Corte Inglés, ha sido construido a tiro de piedra de la antigua pellejera, hoy calle Peso de la Harina, lugar donde tantos hombres republicanos fueron asesinados; calles como las de Don Cristián o Don Ricardo, vías vinateras de antaño, lindan con los grandes almacenes antes mencionado. En Don Cristián, por cierto, es donde se encuentra El Gran Vía.

            Paco Montoya, perchelero de pura cepa, es asiduo cliente. Allí conoció a Ignacio o éste a Montoya, o puede ocurrir que ninguno de ellos conozca al otro porque jamás han hablado de intimidades, problemas personales o asuntos que la sociedad intelectual denomina trascendentales.

            Ignacio tiene cuatro años más que Montoya, y éste cuatro quintales más de esa cultura que, despectivamente la elite, la define como popular. En cuanto puede, Ignacio llama por teléfono a Paco y lo cita para tomar una copa o dos, o las que caigan A veces, se lían y pasan al güisqui y, es entonces, cuando se establece la comunicación oral entre ambos ancianos, aunque ellos crean que no lo son.

            Montoya igual se cisca en la divinidad suprema o alaba a su particular Virgen del Carmen; hablan de los tiempos de “la hambre” en los que el perchelero es un maestro contumaz; conversan más de sus padres que de sus hijos; reconocen que este tiempo es el del progreso, pero añoran las navidades de la zambomba y el pandero; afirman que, por la actual crisis económica, robarían y matarían para dar de comer a sus hijos; verbalmente maltratan a corruptos, chorizos, políticos y entidades eclesiales; hablan del pargo, el jurel, los espetos y el calamar relleno que, Montoya, prepara como nadie; cada día son más amigos porque cada día se  conocen algo más.

            Últimamente Ignacio anda preocupado por Montoya porque ha sido intervenido de un cáncer de esófago y, según dice el del Perchel, sigue teniendo una garraspera en la parte inferior del gaznate.



4 comentarios:

  1. Curioso ese sistema de dividir al pueblo aprovechando el rio. ¿Quién lo inventaría?
    ¿Recuerdas la canción : La orilla blanca, la orilla negra? Creo que es impactante, pero triste.
    Aprovechando el calor que hace, le vamos a arrear a la tristeza con el abanico.

    Me apunto con Montoya y con Ignacio a tocar la pandereta estas Navidades.

    Besos.

    Ana Pastor.

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  2. Ojalá podamos. De paso llamaos a la vampi. Besos

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  3. Creo que todo es proponérselo,si la salud no lo impide, y con la vampi incluida, sería la leche!!

    Besos.

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  4. A esto llamaría la vampi volver a recuperar el espíritu navideño... yo llevo las castañuelas, que con la zambomba nunca me entendí! Besos a puñaos para ambos.

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