lunes, 30 de julio de 2012

La señora Antonia



         Ignacio gustaba de escribir poesía; muerta su madre tras años de sufrimiento que acabaron con la amputación de una de sus piernas, escribió el siguiente soneto en el que describe como le hubiese gustado a él que ella, Antonia, falleciera: “La anciana madre con su viejo mar/, cual destino /del día terminado,/ camina erguida hacia el azul amado/ que en su brisa parece reclamar.// La luna se reclina en su mirar,/ se enciende el cielo azul, mar estrellado,/ pasa la noche su abanico alado/ y las olas se posan en su hablar.// La sabia pescadora mira y mira/ la densa boria que del mar proviene/ con su regazo fresco de poniente,// la espera con tranquila alma, suspira/ y cuando ella a la mar y niebla tiene,/ cierra sus grises ojos dulcemente”

            Y es que su madre procedía del mar; sus abuelos, padres y hermanos fueron pescadores, y ella se crió entre barcos, arte de almadrabas, pargos y salmonetes desde Carboneras (Almería) hasta La Higuerita (Isla Cristina), y por fin vararon sus vidas en Melilla, lugar donde la pesca fue y sigue siendo una de sus principales actividades.

            Eran tiempos en que a la hora de repartir la venta de lo pescado se hacían “partes”; el cincuenta por ciento se lo llevaba el armador, y del resto se hacían tantas partes como componentes de la tripulación más cuatro que eran para el patrón de la tripulación.

            Conoció a Fernando “el de la Imprenta”, se casaron y, aunque su status cambió, ella frecuentaba el barrio de El Industrial, barrio de pescadores y lugar donde vivía su familia.

            Gozaba de una inteligencia natural y de unos maravillosos grises ojos. No sabía leer y escribir, y todos sus conocimientos los había aprehendido de la vida, dura con ella hasta el máximo. Gustaba que sus hijos, en especial Ignacio y Nati, le leyeran novelas de aquellos tiempos y relatos de la vida de Jesús de Nazaret, y preguntaba, siempre andaba preguntándoles cosas y más cosas a sus hijos.

            Aunque esposa, su auténtico ejercicio fue el de madre, madre por encima de todo. Por su empaque y sabiduría innata era conocida en el Barrio Obrero como la “señora Antonia”, su señorío nunca fue discutido por nadie. Quizás porque el matrimonio gozaba de una cómoda posición social y económica, la “casa verde” del Barrio Obrero, su casa, era el epicentro de toda su familia y el lugar de encuentro de las fiestas navideñas.


            Antonia marcó a fuego a Ignacio que, en momentos de sinceridad, comentaba que siempre dependió de ella, de sus dulces canciones, de sus nanas marineras, de las enormes varices de sus piernas y de su vigilante mirar tras la ventana.

            ­- “Al salir yo a la calle ­-contaba- volvía la cabeza en busca de su mirada; siempre caía el visillo de la ventana; tal vez sea esa la causa por la que en la actualidad, cuando salgo a dar un pequeño paseo, giro la vista, observo y busco si hay alguien en la terraza de casa”

2 comentarios:

  1. Para crear un hombre como tú, hay que ser una madre muy especial.

    Me emocioné.

    Besos.

    Ana Pastor.

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  2. Jolines, voy a emocionarme yo también.
    Besos

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