jueves, 19 de julio de 2012

La novia formal



            Los mozalbetes de los años cincuenta de la época de la dictadura eran, sexualmente, tan espabilados como los actuales mozos. Y ellas, fuesen Hijas de María o de la Sección Femenina, engatusaban a ellos con la misma práctica que hoy: la seducción.

            Sin embargo, hay que reconocer que por imperativo legal se actuaba más recatadamente. No se llevaba lo de morrearse en mitad de la vía pública, y qué decir de las parejas de igual sexo. ¿Existían?, sin duda: pero todas dentro del armario o en lugares extraños y lejanos: las playas en invierno o las fachadas de los cementerios, pongamos por caso.

            Pero la flecha de Cupido, ay el amor, surcaba los aires de las camisas azul mahón y también hacía blanco, cuando menos se esperaba, en mitad de algunos escapularios que portaban las niñas más beatas del lugar.

            Sin embargo, todo era más serio que actualmente y tenía más empaque. Existía la novia formal, lo que hace suponer que había otras, pocas o muchas, que eran informales, o sea, para pasar el rato; algo así como lo que ocurre en los tiempos presentes y que se conoce por ligue, plan o cualquier vaguedad de término que conduzca a darse un “lote” sin compromiso adquirido por ambas partes; porque con la “formal” había sus manitas, pero el varón siempre creía que las suyas eran las únicas que acariciaban a la dulce amada.

            Ignacio conoció a Virginia en la Avenida del Generalísimo de Melilla que, seguramente, hoy se llamará de la Constitución, pero que todos seguirán conociendo como siempre, o sea, la Avenida. En cuanto la vio, quedó prendado de aquellos rizos y de su pícara mirada.

            Y se hicieron novios formales a la temprana edad quinceañera, que era lo que se llevaba; mas la cosa no era tan fácil como ahora. Formalizar un noviazgo tenía su liturgia: comprobar si existía cierta química sexual entre los aspirantes; un besito por aquí y otro, más profundo, por allí; el acaramelarse de vez cuando; el pasear cogidos de las respectivas cinturas; y más detalles no necesarios de enumerar para evitar desmayos en los posibles lectores y, lo más importante, declararse a ella y pedirle ser novios formales.

            El culmen de la ceremonia era el día escogido por el novio para hablar con el padre de la novia y solicitar permiso para “pelar la pava” en casa, pues en invierno, a poco que se descuidara la pareja, se podía agarrar un resfriado de mucho cuidado.

            Aquel acto era la certificación de que el noviazgo, a no ser que se presentase un “accidente” impresionante, iba camino del altar para jurarse amor y fidelidad, uf, de por vida.

            Ignacio pasó el “trago” como mejor pudo dentro de su cortedad, aunque hay que reconocer que el futuro suegro le allanó el camino.

            El primer día que entró en casa de Virginia, un denso silencio reinó durante más de dos horas entre los padres, ella y él. Pasado ese tiempo, se levantó de la silla y dijo:

-          Bueno, hasta mañana. Buenas noches.

          En septiembre de 1960, se casaron en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. Tenía ella 23 añitos y él, 24 tacos. Igualito que hoy.

4 comentarios:

  1. Eres un verdadero romántico, oh José, de los que mueren sin su beso, el de ella.

    "Este saber que sin su beso muero,
    este sentir la vida en el castigo....."

    Son palabras de tu "Elegía de un romántico"


    Gracias por este bello y nuevo capítulo!!
    Dos besos

    Ana Pastor.

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    1. Esa Elegía es, para mí, mi mejor poema. Besos a mansalva.

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  2. Tú lo consideras tu mejor poema y a mí me encanta.
    Me conmueve sobremanera este trocito:

    "Dejadme que me crea yo un romántico,
    preguntad a los árboles mi nombre,
    os dirán con sus ramas este cántico:
    sencilla y llanamente es sólo un hombre"

    Sextinas de lujo, sí señor!!

    Besos y aplausos!!

    Ana Pastor.

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