martes, 31 de julio de 2012

La casa verde



         Ciertamente reconozco que no sé por qué aquel conjunto de casas matas que conformaban un perfecto rectángulo era conocido como el Barrio Obrero; fuese cual fuese la razón, lo cierto es que la familia de Ignacio vivió en él.

            La vivienda era conocida por el vecindario como “la casa verde”, porque ese era el color de su fachada. La puerta de entrada daba de bruces a un pequeño comedor, y a izquierda y derecha dos habitaciones, dormitorios, donde dormía la familia. En uno de ellos, lo hacían Fernando y Antonia, y en el otro, en dos camas de plaza y media, los otros cuatro habitantes. Fernando e Ignacio en una de ellas y la otra la ocupaban Nati y la abuela María; una pequeña cocina, añadía calor al hogar, y era el lugar preferido de los niños y de la madre. Allí se cocía todo, y no me refiero a alimentos; sino a cuentos, historias y pequeñas guerras por hacerse con el soplillo de esparto para encender y atizar al carbón.

            Un pequeño retrete y un lavabo; no existía bañera, ni siquiera ducha. En un reducido patio había una bomba de agua, otro objeto de peleas entre hermanos para bombear agua a la azotea. Dicha azotea era el lugar de recreo de los tres hermanos, en especial de Ignacio y Nati, pues la señora Antonia tenía instalado un gallinero y dentro de él pasaban horas y horas; en dicha azotea existía una pequeña habitación con un enorme barreño en el que los chavales eran bañados por la madre.

         Tendría 12 o 13 años cuando la señora Antonia dejó de bañar a Ignacio, y le hizo esta recomendación: -“Nacho, no hagas cosas feas”. Él quedó sorprendido, aunque no pasó más de dos años cuando comprendió a la perfección el consejo de su madre.

            A Fernando el de la Imprenta la economía le fue bien, y un año le echó un piso a “la casa verde” que ya, lógicamente, dejó de ser verde. Ahora la planta baja poseía un recibidor, el comedor y una muy buena cocina donde ya no se soplaban las ascuas de carbón y donde apareció un buen frigorífico.

            La planta alta constaba de tres dormitorios y un cuarto de baño como mandan los cánones, a saber, con una pequeña bañera y una gran ducha. A la edad de 16 años, Ignacio supo lo que era ducharse.

            Pero él, según me contaba en la barra del Gran Vía, añoraba la casa verde, el baúl en el que se montaba para disparar contra los sioux y los visillos tras los que se escondía su madre para verlo “doblar” la esquina. Lo escuchaba con interés, y aunque sabía que no chocheaba, sí intuía que lo que añoraba era el paraíso perdido de la niñez.

            Poseo gran parte de la obra poética de Ignacio, y aunque sé que no es nada ortodoxo introducir poesía en un libro de narrativa, no me resisto a darles a conocer estas “Nanas de la casa verde” de su autoría: “Casa verde, recuerdos/ de cuando niño,/ de locos saltamontes/ entre los pinos.// Casa verde, mi madre/ desde la casa/ mira por los visillos/ de la ventana.// Casa verde, pequeña,/ sin grandes salas,/ lugar donde los ángeles/ toman sus alas.// Casa verde hogareña,/ mi casa mata,/ la del arroz con leche/ y la tisana.// Casa, la casa verde/ del barrio obrero,/ cuadrada y pequeñita/ cuánto te quiero.// Casa verde sagrada,/ eres mi templo,/ nacimiento del Dios/ que llevo dentro.// Casa verde, sin cosas/ ni objetos tibios,/ fuiste lugar de encuentro/ jardín de lirios./ Brotaban risas/ desde tus manos, madre,/ con tus caricias”

5 comentarios:

  1. En esta cita contigo a la hora del café, además del café largo con dos cucharadas de azúcar y una tabletita de chocolate negro para después, me tendría que preparar el paquete de pañuelos para no tener que retener las lágrimas y dejar de apretar los dientes, que ya me veo un día de estos en el dentista con la mandíbula encajada.
    Además de la historia, el poema, uf!!demasié pa mi body!!
    Pero que niño más dócil y bueno era Ignacio,como para comerselo a besos cada día, no me extraña que fuese el ojito derecho de la Sra. Antonia.
    En cambio la Sra. Ana, mi madre, me dejó por imposible a los siete años en que le pedí que me cortara las coletas, o lo hacía ella, o lo hacía yo, así me ahorraba que me tirara del pelo al peinarme y de que se metiera conmigo en la ducha, por suerte, mi padre entendía mi pudor.

    Gracias por este ratito que me haces vivir.

    Muchísimos besos, corazón.

    Ana Pastor.

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  2. No, si ya lo sabía; venia venir que eras un tabardillo. El niño Ignacio era muy bueno, pero siempre se salía con la suya.

    Un par de besos.

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  3. Yo creo que tambien era un poco traviesillo; "Ignacio no pongas la manita debajo de la plancha,Ignacio no pongas la manita debajo de la plancha....." hasta que ...." Ignacio si pones la manita debajo de la plancha te quemaré" ¡¡santa paciencia !! y de pronto ......plaff y no la volvió a poner ( contaba la Sra Antonia) Besos de la bética que va recordando su niñez.

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  4. Eso, oh sobrina, va de cabeza a la novela.
    Besos

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    1. Lo pongo de ejemplo muchas veces con algún pequeño desobediente,jajaja.Besos de la bética

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