jueves, 12 de julio de 2012

Harika



           Destinado como Maestro Asesor en la cabila de Beni-Bu-Ifrur, pasaba la mayor parte del tiempo, exceptuando el dedicado a la enseñanza, a recorrer las minas de Uixan y Setolázar y jugar alguna partida de cartas con compañeros de estudios destinados en aquellos parajes del Protectorado de España en Maruecos.

            Su casa-escuela se encontraba situada en Afra, una pequeña diseminación de chabolas en las que, en precarias condiciones, vivían grupos de ciudadanos marroquíes. Entre Nador y Segangan, la CTM, compañía de viejos autobuses hacía una parada, y en ella se bajaba Ignacio que, tras recorrer cerca de 5 kilómetros, se introducía en una especie de vereda, salpicada de chumberas y pequeñas chabolas, que conducía hasta las dos unidades escolares, con sus correspondientes casas para maestros, que se convertían en el único foco de cultura occidental del triángulo formado por Tahuima, Uixan y Setolazar.

            Ya por la noche, un antiguo quinqué alumbraba algo el libro de matemáticas en el que el capítulo dedicado a variaciones, permutaciones y combinaciones se había convertido en su viacrucis particular. Su única misión, durante ese intento de matar el tiempo a falta de amistades con las que hablar, era intentar aprobar oposiciones al Cuerpo de Maestros Nacionales.

            Oyó unos tímidos golpes en la puerta de acceso a casa, y con el quinqué en la mano abrió la misma. Con el rostro tapado por un pequeño velo, se encontraba Harika, hija de Buarfa, el hombre de confianza del comandante Bedoya, ambos habían participado en la guerra civil española en el bando nacional.

            Los ojos de Harika eran negros como el azabache y su cuerpo desprendía un aroma a janna y olor a mujer. Se despojó del velo y el quinqué encendió la apagada luz su rostro. Era salvajemente bella y estaba dulcemente asustada. Sonrió o, al menos, intentó hacerlo. Dejó que se deslizaran sus ropajes y mostró toda su hermosura escondida a los ojos de los demás. Apagó el quinqué y abrazó a Ignacio con la dulzura de la gacela, mientras le acariciaba la cara. No sabía besar, pero aprendió en un instante. No son necesarios programar cursos de amor para la práctica del sexo; ambos cuerpos se fundieron en uno, y un mismo jadeo  inundó la oscuridad del recinto. Se amaron hasta quedar exhaustos.

            No había existido palabra alguna de por medio, pues ninguno de los dos hablaban el idioma del otro. Se puso sus ropajes, escondió su rostro en el velo, abrió la puerta, le miró y sus ojos se quedaron durante toda la noche con él, mientras le decían algo que nunca supo descifrar.

            Nota: Harika puede ser otro personaje.



3 comentarios:

  1. Quam perfectus!!....incluido el nombre.

    Dos besos.

    Ana Pastor.

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  2. Seguimos poquito a poco. Mañana, quizás, habrá que darse una vuelta por la niñez. Cualquiera sabe. Besos.

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  3. Sigue como quieras y por donde quieras, pero no dejes de seguir, porfa!!.
    Y así, los Reyes Magos, me traeran un libro/regalo, que esos Reyes si sabemos quienes son ¿o tampoco?.

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