sábado, 28 de julio de 2012

Fernando "el de la Imprenta"


        
           Ignacio nunca supo por qué su padre, Fernando, emigró con su familia desde Huéscar (Granada) a Melilla a la temprana edad de cuatro años, pero lo cierto es que dicho éxodo, compartido por numerosas familias de Andalucía y el Levante, a la que podía considerarse la “tierra prometida”, fue el embrión de la floreciente ciudad española del norte de África.

            Fernando trabajó como aprendiz de cajista en La Hispana, imprenta situada en la calle General Mola. Con la llegada de la II República y la aparición de cooperativas, los operarios se hicieron dueños de la misma y, con el transcurrir de los años, el padre de Ignacio llegó a tener tres imprentas, la ya mencionada, otra llamada La Española y una tercera ubicada en Nador (Marruecos).

            La primera visión que tuvo de su padre fue siempre a pie de caja; a la salida del Colegio, lo visitaba diariamente, y lo recuerda permanentemente de pie colocando letras de plomo de caracteres castellanos y árabes en una especie de regleta que, más tarde, pasaban a una de aquellas excelentes máquinas alemanas para ser impresas. Siempre creyó que su padre había sido socialista de los de verdad, pero nunca llegó a preguntárselo, pues la política fue un tema tabú durante la infancia y buena parte de la juventud de Ignacio. Ahora cree que si lo fue.

            Era conocido en el Barrio Obrero, lugar donde vivía la familia, como Fernando el de la Imprenta y gozaba de buena reputación, aunque él no se relacionaba en demasía con la vecindad. El lugar preferido al que iba todos los días era el Casino Español, situado en plena Avenida, que era como un contrapunto a la excesiva militarización de la ciudad; allí echaba sus partidas de garrafina o correlativa y sobre las diez de la noche, tras cenar, formaba parte de la auténtica familia, o sea, aquella que se ponía alrededor de la mesa del pequeño comedor con Antonia, su esposa, la abuela María y sus hijos Fernando, Ignacio y Nati. Él siempre tenía que rellenar documentos de la imprenta, mientras Ignacio se dedicaba a contar al resto de la familia la película que había visto el jueves por la tarde; era un narrador excelente y su madre decía de él que tenía un pico de oro. Cuando no había “peli” que contar, Ignacio siempre decía a su madre: “Mamá, cuéntanos cosas”, y a continuación la señora Antonia iniciaba sus relatos sobre pescadores, mares y almadrabas, y así se iba perpetuando la historia oral, esa que permanece de padres a hijos y que perdura más que la escrita en libros y la contada por educadores. Y lo que es mejor, la más creíble.

Todos los domingos su familia, a excepción de la abuela, iba a recogerlo al Casino para tomar alguna que otra cerveza, especialmente en El Metropol y Los Candiles; era muy riguroso a la hora de revisar la nota de lo consumido.

            Fue un empedernido “vicioso” de la radio. Al igual que hoy los televisores ocupan el lugar más importante de la vivienda, en aquellos tiempos una enorme Valter Kent presidía el hogar de Fernando, hasta que fue sustituida por una radio Saba. A las once de la noche, intentaba sintonizar la estación Radio Pirenaica Independiente, o cosa así, para escuchar aquello de “Içi París”… y lo que seguía, mientras un silencio reinaba en el pequeño recinto.

            Cuando sus tres hijos marcharon a la Península, Fernando y Antonia vendieron su casa y la imprenta, y con lo puesto compraron un pisito en Sevilla para vivir cerca de la niña, Nati. Aquello, siempre intuyó Ignacio, fue su perdición, pues pasó de ser un hombre conocido en Melilla a convertirse en un ser anónimo en Sevilla donde deambulaba mañana y tarde dando paseos, pero seguro que recordando su querido Casino Español y amistades.

            Sin llegar a ser franquista, con el paso de los cuarenta años de dictadura asumió la misma y murió meses antes de que lo hiciese el general Franco. Ignacio siempre creyó que a su padre le hubiese gustado que el dictador muriese antes que él.

            Un infarto traicionero cuando tenía setenta años de edad se llevó por delante a un buen hombre, mejor padre, normal esposo, excelente trabajador y un apasionado del fútbol, en especial de la Unión Deportiva Melilla.

3 comentarios:

  1. Que mundo tan maravilloso el de la antigua imprenta, duro, pero muy creativo. Seguro que Fernando habría disfrutado con las nuevas rotativas, son impresionates.
    ¿Escuchábais en la radio a Pepe Iglesias El Zorro?
    Mi padre lo hacía y se reía con él, aún recuerdo la melodía: "Yo soy el Zorro, señoras, señores, de mil amores voy a cantar".
    Creo que Fernando merece más capítulos, además, si nació en Huescar era de Graná, ya sabes, casi ná.

    Gracias y besos.

    Ana Pastor.

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  2. Gracias querida Ana. Es seguro que "el de la Imprenta" será mencionado en más ocasiones. Claro, de Graná, y la que viene de Carboneras (Almería).
    Me cachis, veo que me retraso en escribir porque llegan los aburridos y me llaman para jugar al dominó, las nietas han implantado el desorden y, para colmo, los Juegos Olímpicos.
    La estructura creo que la tengo en el tarro, lo que no sé es si valdrá la pena el esfuerzo.
    Ay Guerra, el "canijo", él y yo nos llevábamos muy bien; en una ocasión le gané el pulso en la ironía, pero eso eran otros tiempos. Lo tuyo con él, podría ser novelado. Eres la única (tampoco hay único) que me anima y me das hasta alguna que otra idea.
    Por todo ello, un montonal debesos.

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  3. Ese pulso ganado a Guerra en la ironía, nos lo tienes que contar en algún capítulo de la novela.
    Tú escribe como para ti, como si te estuvieses recreando en el pasado, en toda la Historia que eso representa y en todas las verdades que conozcas y que quizá nunca te atreviste a comentar, no pienses en los demás, tanto si te dan ánimos como si no, ni tan siquiera pienses que te están leyendo porque eso te quita libertad; escribe como si fuese una terapia, sin importarte a quien puedas molestar con tus ideas porque tienes historias y las narras muy bien.
    Pero la decisión es tuya, tú mejor que nadie sabes las ganas que tienes de sacrificarte cada día.
    A mí, por descontado que me encantaría leer tu novela, la curiosidad por aprender aún sigue viva en mí, y de ti se aprende siempre.

    Un abrazo de ánimo!!

    Ana Pastor.

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