viernes, 20 de julio de 2012

El Gran Vía




            Ignacio había decidido abandonar la vida pública. Ya no le llamaba la atención el asistir a todos esos actos que se conocen por culturales a los que, hacía años, acudía con cierta reiteración, especialmente conferencias y recitales poéticos. Agradecía en el fondo, muy en el fondo, las invitaciones que le cursaban las distintas Administraciones públicas, fuesen ayuntamientos, diputaciones, ateneos y delegaciones.

            Era siempre igual: los mismos protagonistas, idénticas pajoleras que aplaudían sin ton ni son e igual parafernalia. Un día descubrió que lo habían intentado convertir en palmero, un número más cuya única misión era batir las palmas sin posibilidad, por pudor, de decir en voz alta que aquellas sesiones eran auténticas payasadas.

            Tal vez tardó en demasía en dejar de pisar el centro histórico de Málaga, lugar donde se celebraban todas esas perogrulladas que alimentaban a los pelotilleros del lugar a la espera de ver si un día eran llamados a filas para percibir una pequeña cantidad de euros y sentirse parte de la crema y elite de la sociedad “cultural” del perímetro urbano.

            Y dijo se acabó, y se acabó. Pasaba los días escribiendo alguna que otra viruta poética y, todos los días, creaba una columna periodística que enviaba al “Diario Málaga”, ya desaparecido, hasta que buscó un periódico digital que lo acogió. Sus columnas tenían el título genérico de “El Copo”, arte de pesca malagueño; después las trasladaba a un blog de igual nombre y, finalmente, se entretenía enlazándolas a Facebook.

            Con estas simplezas, iba pasando el tiempo, pero como tenía demasiado empezó a conocer al variopinto gentío de su barrio. Fue de un lado a otro, incluso ganó parte de su tiempo en un Hogar de Mayores jugando al dominó y al billar, hasta que un día se topó con el Gran Vía y la clientela de aquella maravillosa y pequeña barra, gol norte y gol sur, donde se agrupaban personas que hablaban, reían, discutían y lo pasaban pipa tomando un cubata de las mil y una bebidas: ron, ginebra, güisqui, vodka, etc.

            No había un dios público que se escapara a la crítica, eso sí, dentro de un orden establecido, pero el fútbol era el talismán más preciado, Antonio, el dueño, tenía instalados dos medianos televisores y los parroquianos -malaguistas, madridistas, catalinos, béticos, sevillistas y los había hasta de la Cultural Leonesa- echaban el rato y algo más; sin embargo, el fútbol, aunque unía, era una excusa para adorar al otro balón: al “pelotazo”.

            Y días hubo en que Ignacio apoyaba el codo más de lo normal, aunque como la distancia a su casa no superaba los veinte metros, nunca tuvo problemas en llegar, aunque sí en encajar la llave en la cerradura.

            Penetraba en silencio en casa y, desde el dormitorio, Virginia preguntaba:
            -¿Has cenado, chati?, a lo que él respondía: -Sí, mi vida

3 comentarios:

  1. ¿Perogrullada?. Ninguna duda más.
    Gracias!!
    Besos.

    Ana Pastor.

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  2. Verás que vamos caminando aunque la marcha es lenta, mañana le meteremos la primera.
    Besos

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  3. Me has dajado maravillada!! Menudo personaje es Ignacio!!

    Besos.

    Ana Pastor.

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