sábado, 21 de julio de 2012

Camino de ser espía para la URSS



         Tras abandonar el Grupo Parlamentario de UCD, a los pocos días uno de los ujieres del Congreso se acercó a Ignacio y le entregó una nota en sobre cerrado.

            En el mensaje se leía: - “Por favor, llame a este número para un asunto de su interés”. Siempre intentaba disimular su curiosidad, pero Ignacio lo era a carta cabal; así que tras disimular que escuchaba con atención a un diputado de CiU que, como no, intentaba vampirizar al gobierno con nuevas peticiones que enfadaban a los partidos de ámbito estatal pero, que siempre, por una u otra causa la concedían, bajó la escalerilla y, a falta de móvil, acudió al lugar donde se encontraban las cabinas telefónicas.

            Marcó el número en cuestión, y esperó. Al instante, una voz femenina decía:
            -Aquí la embajada de la URSS, qué desea.

            De momento, quedó sorprendido y estupefacto. Cuestión de segundos:
            -Soy Ignacio Ortiz, diputado nacional, y he recibido un mensaje en el que me piden llamen a ese número.
            -Un momento, por favor.

            En poco más de un par de minutos, oyó una voz que parecía decir:
            -Soy Constantine Putiev, agregado cultural de la Embajada y me encantaría, señor Ortiz, poder hablar con usted.
            -Diga, dígame.
            -Imposible ahora, sería una conversación algo extensa. Si lo desea, podríamos vernos esta tarde, a las 19:00 horas en el vestíbulo del Hotel Palace.
            -De acuerdo.

            Pasó lo que restaba de mañana y toda la tarde deshojando la margarita si debía acudir o no a la cita con el soviético y, especialmente, se preguntaba constantemente que podían querer de él los de la Embajada de la URSS.

            Tras almorzar un codillo en condiciones y media botella de blanco Rueda en el restaurante Edelweis, cercano al Congreso, en compañía de Carmen Solano, diputada ucedista por Zaragoza y próxima a las tesis socialdemócratas de Francisco Fernández Ordóñez, marchó al Hotel Palace, donde se hospedaba, para descansar un rato y poner las neuronas en condiciones de recibir al tal Putiev.

            A las siete en punto, ni un minuto más ni menos, el ascensor lo dejó en el suntuoso vestíbulo del Palace, lugar de múltiples reuniones y tertulias con políticos de todas las leches.

            No había hecho más que sentarse en uno de los sillones, cuando delante de él un señor elegante de edad difícil de acertar, esa que linda entre los cuarenta y los cincuenta, se acercó a él y se presentó como el agregado cultural de la citada embajada.

            Comentó que sabía de su abandono del partido del Gobierno y de su integración en las Comisiones de Educación e Interior, y que a sus superiores les gustaría saber de las interioridades, debates y discusiones en las mismas. Y como en tantas ocasiones durante su vida como Maestro, escuchó la fatídica frase que las madres le lanzaban cuando pedían la matriculación de sus hijos: -“Don Ignacio, usted no lo perderá

            O sea, que el agregado “cultural”, al igual que las madres, estaba intentando sobornarle, pensó Ignacio. Aquello quedó en nada, porque el diputado se negó a facilitar documentación alguna.

            Ignacio, durante todo el tiempo que estuvo en Madrid ejerciendo de político, siempre tuvo la impresión de ser espiado por el señor Puntiev. Hasta en el transcurso de una noche loca en la que tomaba una copa de champán con una linda señorita de cabaret, se acercó uno de los camareros y le dijo: -“Está usted invitado por aquel señor”

            Ignacio dirigió la mirada al lugar indicado, y sí: allí, en compañía de dos señores más, se encontraba el agregado en cuestión.


3 comentarios:

  1. Sorprendente Ignacio!! ¿Con licencia para matar y al servicio de Su Majestad?
    Ay mamá!!Esto se pone caliente.

    Besos.

    Ana Pastor.

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  2. Pretende ser una novela; no te sorprendas de este James Bond. Besos

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  3. Será una novela estupenda!! Me lo dice el boliche de cristal.

    Besos.

    Ana Pastor

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