lunes, 16 de julio de 2012

Al cobijo del ficus



        En ese tiempo en que a una persona se le considera adulto, o sea, cuando está capacitado para elaborar sus propias respuestas, dejando a un lado las que el mundo -esa maldita sociedad anónima- les ofrece como normales, es cuando se alcanza la auténtica mayoría de edad.

            El día en que Ignacio cambió la ñoña compañía del siempreigual de los seres que le rodeaban por la contemplación de la Naturaleza en estado puro, convirtió su mirada en un vivaz interrogante de todo aquello que las gentes daban por normal. Y no es que fuese preguntando sin ton ni son por esta cuestión o por su contraria, sino que  dejaba impregnare por un forma de duda permanente.

            Ningún lugar para ser y sentir más, que su estancia en una sagrada terraza en la que, durante años, peinaba los blancos cabellos de su madre mientras una melodía acariciaba a madre e hijo en una comunión más íntima que la sombra que pueda reflejar cualquier ser u objeto.

            Cuando daba de mano, todas las tardes pedía a su madre que le contase historias de su infancia, de la de ella. Era un ejercicio que le había aconsejado un médico con el fin de que la demencia senil de la progenitora no fuese a más. Ella miraba, como extrañada a aquel hombre, y quedaba distante y muda ante él, pero Ignacio no se daba nunca por vencido y, sin venir a nada, le preguntaba por la playa donde ella vivió sus primeros años en un pequeño pueblo costero de Almería.

            De forma deslabazada, ella hablaba de una finas piedrecita negras que cubrían las arenas de la orilla, del arte de la pesca de almadrabas, de sus padres, de las barcas varadas junto a las casas de pescadores, de pargos, bonitos y del mar; siempre hablaba de la mar con el mismo o más respeto que lo hacía de la Virgen del Carmen.

            Después callaba, inclinaba la cabeza y permanecía en silencio ante el mundo exterior. Ignacio la observaba intentando penetrar en aquel mundo que ella guardaba como su mejor secreto.

            Un inmenso y majestuoso ficus, que parecería querer introducirse en la terraza, era el único testigo de aquellos “diálogos” entre hijo y madre.
  

3 comentarios:

  1. Seguro que tu madre ya sabía que ibas a escribir sobre ella y sus vivencias, para hacernos más dulces, con tus palabras, las sobremesas, las tardes o las noches de éste verano, que presiento cálido.

    Qué pronto te has instalado en tu terraza, de lo cual me alegro!!
    Dos besos a ti, y una caricia al entrañable ficus.

    Ana Pastor.

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  2. Gracias, oh Ana; pues sabes una cosa que creo que esto de la novela va a ir en serio o en broma, bueno, medio en broma y medio en serio, me refiero a la novela. Gracias por tu apoyo, sin él, aunque tal vez no lo creas, no estaría seguro que el proyecto puede convertirse en realidad.
    Besos a porrillo.

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  3. No tienes que darme las gracias, oh José, ya sabes que estoy disfrutando con lo que escribes, es más, tus palabras son para mí como un gran campo de trigo y amapolas; alimento, belleza, color y alegría, entre otras cosas.
    Y de tu risa, ay!....mejor lo dejo para otro momento.
    Pero en serio y en broma, la novela, adelante!!
    Besos, los que quieras.

    Ana Pastor.

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