viernes, 15 de junio de 2012

Zoido y De la Torre


             Zoido y Francisco de la Torre son, respectivamente, los alcaldes de las ciudades más importantes de Andalucía, a saber, Sevilla “la ciudad que se basta a sí misma” y Málaga, “la ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia”; además de esos cargos y cargas, el de Sevilla es diputado de Andalucía y el de Málaga, Senador del Reino de España; ostentan otros caramelos instituciones relacionados con el hecho de ser primeros ediles de tan coquetas capitales.

            Zoido, hombre de confianza de Arenas y del PP, ha ocupado la alcaldía sevillana hace tres telediarios con motivo del desastre socialista en las últimas Elecciones Municipales; Francisco de la Torre, que no goza de la bendición del de Olvera y no es químicamente un hombre puro del PP, pues tira más a la extinta UCD, ha vuelto a revalidar su alcaldía malagueña pero, lo más importante, es que la consiguió cuando caían chuzos y pepinazos encima de los populares con motivo de la guerra de Irak, quiero decir que en plena crisis del PP el todoterreno de Francisco de la Torre se llevó el gato al agua.

            Javier Arenas, que nadie duda de su capacidad de aguante para esto y lo otro y lo que venga, no debía de haberse metido en el fregado de apostar por su amigo Zoido para presidir el PP-A, el que no ha podido conseguir para Javier la mayoría absoluta en las pasadas Elecciones Autonómicas al encabezar la lista de la provincia de Sevilla; pero no solamente por eso, sino también porque yo, que en esto no pinto nada, no le veo hechuras de líder carismático; es demasiado de derechas, un suponer que me atrevo a vaticinar.

            Y no es que apueste por el socialdemócrata moderado que es De la Torre, que ya los años, cree un servidor, le pueden impedir meterse en semejante aventura; no, lo que digo y sostengo es que ha sido el único que ha puesto algún pero a semejante idea.

            Tiempo tiene el PP para buscar o crear un líder con capacidad de hacer frente al bicéfalo poder andaluz. Debe existir, y si no apaga y vámonos, ese hombre o mujer capaz de dar la talla.

            Dicho lo cual, a mí me importa un bledo que exista o no; pero como tenía que escribir de algo se me ha ocurrido hacerlo sobre los pronunciamientos digitales.

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