miércoles, 13 de junio de 2012

... y cromos de Ana Pastor



                A mi hermana pequeña, Nati, la quiero a rabiar. Ya ven si es así que de los poemas que tengo, que son cantidad, tan sólo uno de ellos está dedicado y, mira por donde, es a ella; se titula “Romance del girasol”, y en él se narra el paseo de una niña por una playa donde el viento silba nácar vendiendo pepitas de girasol. Cuando terminé de escribirlo y leerlo en alta voz, tuve la sensación de estar describiendo la cara bonita de mi hermana y, sin pensarlo, en la parte superior derecha grabé: “A Nati, mi hermana”

            Cuando chavalines de la posguerra, ella y yo jugábamos a los cromos, hoy auténticas joyas a extinguir. Poníamos sobre la mesa o en el suelo, unos cromos boca abajo y, con la palma de la mano ahuecada, le dábamos un golpe a los cromos y los que se ponían boca arriba los ganaba el afortunado o afortunada que consiguiera tamaña proeza; otros días jugábamos a hacer churros con una negra bicicleta dándole al pedal hacia atrás y ya, el colmo de la imaginación lo conseguíamos, cuando ella, tras enjabonarme, me “afeitaba” con un calzador. A falta de televisores, móviles, ipod y la madre que los parió, la creatividad era el mayor regalo que poseíamos para pasarlo bomba.

            Ando enviciado ahora con el Facebook y, para qué engañar a nadie, estoy a gusto. Uno, epistolarmente, va conociendo gentes de todas las leches aunque, al final, como siempre ocurre en la vida, se va adquiriendo más amistad con aquellas personas que, bien por química o por afinidad de caracteres, se conecta de forma más espontánea.

            “Si no os hacéis igual que niños, no entraréis en el reino de los cielos”, dijo alguien importante; creo que en realidad no es necesario entrar en ninguna parte, sino que el hecho de  “ser niño” es “ser un cielo”. Y yo, perdonen la posible idiotez, tengo bastante de niño a pesar de la pila de años que sostiene mi estropeado esqueleto.

            Pues bien, hoy, por ayer, he recibido vía postal un sobre desde Tarragona que me envía Ana Pastor, amiga de Facebook y amiga, a secas. En el interior del sobre, algo serio: una revista muy importante de literatura de nombre Salina, una especie de pañuelito japonés con una linda mariposa para la otra Pastor, mi compi, y un buen número de cromos con los que voy a echar más de un rato, puede ser que hasta en el Gran Vía para jugarme alguna que otra copichuela.

            Hoy, querida Ana, has logrado que sonría este viejo cascarrabias y, lo mejor, he sido feliz por un instante -ya sabes que la felicidad, según el de “Cartajima”, es una fugacidad- y ello, en estos tiempos de crisis de valores y euros, es un milagro. Gracias y besos.

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