domingo, 24 de junio de 2012

Verónica




       El día, por ayer, no se podía presentar más interesante y entretenido. En primer lugar, la guerra futbolística contra el franchute y, a continuación, ganara el que fuese a echar un buen rato en la velaílla de la Zamarrilla, pasaje de calle Mármoles donde un grupo de amigos del barrio íbamos a intentar divertirnos con una farsa de la noche de San Juan.

            Desde primeras horas de la tarde fui deshojando la margarita del ridículo y, como salió sí, fui al chino de calle Peso de la Harina y compré bufandas y banderas españolas para el presumible festejo. Se trataba de pasarlo bien y así fue: hice la compra. Más tarde ya pensaría si bajar al Gran Vía con ellas o no. Al final fue que no, pero serán requeridas para otra ocasión: con los lusitanos de Cristiano Ronaldo.

            La crisis, maldita sea la madre que la parió, evitó una aglomeración en el precipicio del “agua de fuego”, léase güisqui, pero estábamos los justos para poder gritar ¡goool! en grupo, y no en el salón de casa en el más absoluto de los silencios. Éramos 6 o 7, todos varones, creo, y nos abrazábamos como niños.

            Terminado el partido, Paco Montoya, al que la Virgen del Carmen le tiene que echar una mano, había preparado una velaílla para celebrar lo que fuese y, por ello, corría la cerveza como un río y se asaban sardinas, caballas, alitas de pollo, jamón y otras cosas del guarro, exquisitas todas.

Con sumo cuidado, para evitar accidentes dado que al día siguiente el alcalde De la Torre Prados visitaba la ermita de la Zamarrilla, preparamos un simulacro de fogata con tres o cuatro cajitas de madera a las que prendí fuego.

Y he aquí que por la esquina este del pasaje se hizo realidad una hierofanía, manifestación sacra, cuando una diosa hecha mujer, o viceversa, asomó su fuego de antorcha humana con el que todos fuimos inflamados a su paso. Paró ella su camino, se quitó la blanca blusa y dos milagros arrimaron más lumbre a la pequeña fogata. Voló sobre las ardientes maderas, y su sombra celeste pareció un cielo; un manantío de aceituna, su desnudo torso; y una melena incendiaria, sus cabellos, surcó el pequeño fuego y sus lenguas, como las de Pentecostés, la adoraron.

Y siguió su camino; y yo el suyo. Se detuvo y acercó, y una lengua de fuego me incendió. Verónica se llamaba.

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