martes, 26 de junio de 2012

Chismorreos del husmeador, oh Ana




          Verás, oh Ana y demás seguidoras de las batallas particulares de mi peculiar forma de ver el mundillo poético, que se trataba de asistir a la entrega del XX aniversario de la entrega del premio de poesía “Manuel Alcántara” que se celebraba en el excelso Salón de los Espejos del Ayuntamiento de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia.

            La verdad, oh Ana y demás, es que no debo, aunque puedo, engañaros. Mi máximo deseo era ver y contemplar a Manuel Alcántara tras su proceso de recuperación de la jodida cadera; lo demás me importaba un pito. Lo contemplé con su inseparable ginebra Larios y suspiré; ea,   dije para mis adentros, ya está camino de seguir bien. No le conté ni a él ni nadie que, durante su proceso de recuperación, a un servidor de la verdad, le habían endosado una cuarentena de puntos y le habían extirpado un par de ganglios, y la mandanga de ir cada seis meses a un oncólogo para pasar una muy dura revisión.

            Recordé, oh Ana, cuando hace años un loco de temer, El husmeador, asistía a los actos oficiales y de truquillo para realizar unas especies de croniquillas chismosas cargadas de veracidad y de ironía. Así que para disimular, no fuese que me confundiesen, me disfracé con altura de miras y, mira por donde, oh Ana, me enfundé una chaqueta rosa pálido, una camisa a rayas blancas y negras, y un negro pantalón elegante, brillante y que decía mucho, pero muchísimo, del que portaba semejantes prendas.

            Con estas galas que te explico, he aquí, oh Ana, que penetré entre los espejos del salón y por él, imágenes reflejadas de aquí por allí, se encontraba el único, el excelso Alfredo Taján que, prudente él, entró como incógnito; Aurora Luque, excelente poetisa (poeta) que debería perder algún gramo de más, pero que a pesar de ello es única a la hora de poetizar sobre dátiles y palmeras; había más poetas, pero no tanto como cabía suponer.

            Nunca podrás saber, oh Ana, cuánto sufrí por estar entre la crema de la crema de la intelectualidad malagueña. Oh Ana, cuánto padecí acordándome de los gin-tonic del Gran Vía, que es lo mío, a saber, el pueblo pueblo. Comprendí que el flamante flequillo del Delegado de Cultura, Damián Caneda, era un apósito, y que el alcalde Francisco de la Torre eludía la mirada del súbdito, un servidor tuyo y de él, y charlaba con uno y otra mientras esquivaba la deuda que tiene pendiente conmigo, simplemente un “sí” o un “no”, e inicié la retirada bajando los escalones que me llevaban a la libertad, y en ella instalada, junto a un ficus, paré el primer taxi y me encaminé al Gran Vía donde, entre el ginebra y qüisqui, preparamos comernos un chivo el próximo sábado.

            Oh Ana Pastor, la del amor loco, comprenderás que, con el retorno del El husmeador, volverá el ruido de sables. Me encanta la guerra.

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