martes, 12 de junio de 2012

Arenas movedizas



           Cuesta un cierto trabajo caminar por entre arenas que poseen movilidad, especialmente en la marisma próxima al lugar “donde el viento silba nácar”, pues allí donde ayer existía una pequeña duna, el fuerte viento de poniente la traslada al lugar donde el negro grillo se esconde o dispersa sus granos por entre florecillas de mar.

            No se puede o no se debe pisar fuerte en esos suelos que cambian de formas de la noche a la mañana, porque puedes, al tambalearte, caer o rodar camino de los caños de la marisma.

            Andalucía no le ha ido nunca bien a Javier Arenas. El buen señor lo ha intentado en más de una ocasión, no cuatro como algunos creen, no, más veces. Cuatro han sido las citas con las urnas para intentar ser Presidente de la Junta de Andalucía, pero en otros momentos se ha presentado para ser elegido Diputado a Cortes Generales y, aunque siempre lo ha conseguido, el canijo de Alfonso Guerra lo ha vapuleado en Sevilla obteniendo más de un veinte por ciento de diferencia respecto a él.

            O bien Andalucía es definitivamente de izquierdas o bien Arenas no tiene el perfil adecuado para ser profeta en su tierra, me refiero esencialmente en Sevilla.

            Sabedor en las últimas elecciones que, según encuestas, tenía perdida la batalla sevillana, optó por presentarse en la provincia de Almería donde el triunfo lo tenía asegurado; pero el lugar donde fajarse, perdiera o ganase, era en “la ciudad, Sevilla, que se basta a sí misma”. Y que conste que no tengo nada contra Almería, ya ven que mi querida madre, la señora Antonia, nació en tierras y mares de pescadores, léase Carboneras.

            Ahora Javier Arena, el eterno perdedor, anuncia que no se presentará a la reelección de la Presidencia del PP de Andalucía, hecho que habrá proporcionado un alegrón a buena parte de su militancia, pero, por favor, que no opte al cargo su lugarteniente Sanz, contra el que no tengo nada, pero que me parece un melifluo representante.

            Oigo el silbo del afilador llamando a los militantes del PP para amolar sus navajas: la guerrilla está servida.

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