martes, 29 de mayo de 2012

Mi mamá me ama



          Si yo no lo sé, cómo lo van a saber ustedes; me refiero al tiempo que ha pasado desde que un servidor aprendió a leer en un libro llamado Rayas. Y digo y sostengo que la mayoría de los que puedan leer este rollo de “copo” no saben ni una miajica de lo que narro, porque corría el años mil novecientos cuarenta y uno, a lo más cuarenta y dos, cuando un servidor de ustedes, menos de la clase política, deletreaba en el mencionado libro: “mi mamá me ama” o “amo a mi mamá”; después esto lo copió la editorial Palau y los cuadernos Rubio, pero el principio y fin de los auténticos niños de la posguerra está recogido en el Rayas de marras.

            Pasó un cierto tiempo, tal vez incierto, y cogí el hambre y las ansias de libertad y marché al Cerro Blanco, barriada depauperada de Dos Hermanas, a ejercer de Maestro Escuela, y en el camino y caminar que conducía hasta tal gueto de exclusión social, me encontraba con padres y madres que me decían: “señor Maestro -ya ven que yo gozaba de diecitantos años-, yo lo que quiero es que mis hijos e hijas sepan las cuatro reglas y leer y escribir”.

            Les juro de verdad, y si no que se muera el personal de Bankia, su banco matriz y la gente de Bancamar, que conseguí en un tanto por ciento muy elevado que aquellos chavales, de las chavalas se encargaba la señora maestra, hoy conocida por “la seño”,  supieran aquello que me encargaban sus padres.

            Pasados unos años, la cosa cambió y yo a mi hija, cuando era un primor de niña, le compuse esta coplilla que es lo mejor que he escrito. Aprecien el amor: “Le siseo “te quiero”/ en libro de lectura./ “Te quiero”, repite ella./ Quintales de ternura”.

            Y a qué viene toda esta majadería, pues que a los de Bankia, al Banco matriz de la misma, a Bancaja, etc, me pregunto una y otra vez qué le habrán enseñado aparte de trincar lo mío, lo de ustedes y, lo que es peor, lo de mis nietas; pues además del tejemaneje que se traen, a algunos de ellos les quedan más de catorce millones de euros de jubilación.

            A la cárcel con ellos, pues estos aprendieron a restar, sustraer nuestro parné, y a multiplicar su avaricia. Qué leche de maestros tuvieron, me pregunto.

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