miércoles, 2 de mayo de 2012

En la esquina de la ciudad dormida




Seguí caminando. En la esquina de la ciudad dormida, los papeles danzaban en vértigo de remolinos, eran trozos de poemas que los poetas de la noche, cansados de su marginación, habían arrojado desde el alcanfor del olvido a las fauces del abismo. Las sílabas, agrupadas en sufrimiento, ofrecían un concierto de gemidos que a nadie importaba.

Tomé uno de aquellos papeles y leí:

“Si desnudo mi ser
sólo queda la sílaba,
del resto, nada queda.
Por ello, cuando llega a mí la noche
-no importa si es de día-
afilo con presteza la punta de mi lápiz
y cierro bajo llave la sala de visitas.
Abro mi corazón a tus reliquias
y la sagrada sílaba se aposenta a mi lado.
Con cuidado, la mimo,
no despierta del todo
avivo su calor.
Inicio la tarea
y lentamente va naciendo tu alma”










                  

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