domingo, 6 de mayo de 2012

El día que mi hija se convirtió en madre




              Permítanme decirles que fue un día maravilloso. Ayer también y seguro que mañana, pero hoy -por hace trece años- es diferente. Para mí, claro. Para otros pudo ser un día maldito. Todos los días son así: malditos o maravillosos. Depende del cristal, no de la luz. La luz siempre es la misma; sin embargo el cristal puede ser opaco o transparente.

            La noche fue una terrible espera. Y la espera siempre es el infierno. La espera no es la esperanza. La esperanza es caminar, seguir siempre a pesar de la oscuridad. La espera es detenerse sin saber qué va a pasar.  Con los brazos cruzados. Tal vez orar, creo que así se llamaba. Casi no me acuerdo.

            Pero hoy, ayer, mañana, siempre, la vida se abre camino. La mujer es el sujeto activo que logra que perduremos. La mujer es Dios, la creación, la obra, el poder, la madre. La mujer es la luz del mundo, la sal de la tierra, el río fértil.

            Hoy he oído bombear el corazón de un nuevo ser, de una hermosa criatura. Carmen creo se va a llamar.

            Cuando tenía diez minutos de vida la oímos llorar, al tiempo que nosotros también. Rosamary, nuestra hija, era un sol, una especie de nuevo Dios que había creado. Con torpeza, escribí mi visión del  parto:

LA LUZ

El espacio fue hendido,
deshojado en dos lóbulos
sangrantes en la negra oscuridad
de dos mundos transidos.
Y una estrella camino de amapola,
cual placenta esponjosa, se abre paso.
Es surco en el vacío,
nota aspirada por la vida, ausencia
que culmina el silencio con su ser.
Se abre paso, camina en su desliz.
Es momento de vida, del amor,
o sea, de la luz.

            Gracias, hija y madre. Mil millones de gracias.

http://el.copo.blogspot.com o pinchando “el copo de pepe”

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