lunes, 9 de abril de 2012

Tras sus Ray-Ban


Ella forma parte de este último micromundo que vivo casi a diario en la cafetería Gran Vía. Su nombre es María, y forma parte del paisaje que percibo desde la barra del bar. Se sienta fuera, la mayoría de las veces acompañada de su compañero o de otras amigas.

Tiene un bello rostro de mujer misteriosa, enigmática, inexpugnable y distante; pero si te acercas a ella y la saludas, te sientes reconfortado por esos ojos que se adivinan tras sus gafas Ray-Ban, gafas que hacen juego con su ovalado rostro.

De edad inconcreta, no es joven ni anciana, y sin embargo reúne las características de ambos estadios de la vida, pues alegría y lucidez acompañan su siempre saber estar, mientras degusta, no bebe, un rico gin-tonic al que trata con dulzura cuando lo alza suavemente para refrescar sus labios.

Su cabello, negro y sedoso, cae deslizándose por sus espaldas como negra lava que busca su lugar de reposo. Usa siempre botas altas que la adornan como una especie de jineta del asfalto de la ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia.

Ella también, al igual que la ciudad, acoge, con mimo, a sus amigos y amigas a los que trata con la naturalidad de la amistad que nace espontánea. Es querida y respetada por todos y quizás, lo ignoro, envidiada por alguna.

Malagueña de pura cepa, cuado llega la época de los belenes y de las estrellas con rabo, baja al mediodía, no sé si desde el cielo, y canta villancico de antaño y hace sonar el pandero como nadie. Es una más entre los que estamos de punta a punta de la barra, y el respeto y agradecimiento son las perlas que adornan su negro cabello.

Cuando llega la tardenoche y el azahar inunda este estallido de primavera, ella, María, yergue su figura y se entrelaza con el aroma de la noche que empieza.

Desaparece con la misma dulzura que llegó, pero en su velador queda el aroma de una mujer, sin necesidad de adjetivar.

www.josegarciaperez.es

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