jueves, 12 de abril de 2012

Eso ya me lo dijo mi amigo Pepe "el pollo"


Como los viejetes duramos más de la cuenta, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha caído en la cuenta de que somos un peligro para la economía mundial, y anda sugiriendo que de aquí a nada, si seguimos despertándonos todos los días, puede ser inminente el hostión que se va a dar el sistema de pensiones y toda la Seguridad Social.

Somos, pues, un peligro para la sociedad. Por ello, empiezan a aconsejar que si las sociedades modernas quieren llegar a buen puerto, tendrán que retrasar la edad de jubilación, o sea, currar hasta bien avanzada la edad.

Como España es diferente, según slogan del fallecido Fraga, que por cierto vivió lo suyo, el consejo se hace más difícil de seguir, ya que lo esencial por estos pagos no es jubilarse, con más o menos arrugas, sino encontrar un “curro” en condiciones o un buen cuñado incrustado en la clase política.

En el fondo, muy en el fondo, el FMI lleva razón, pues si la pirámide del “curro” se mantiene igual o decreciendo, y la de los que andamos una hora al día para seguir dando por culo crece en demasía, y además, sin copago ni mierdas por el estilo, mantenemos el azúcar en sangre dentro de parámetros normales y el colesterol en un doscientos y pico, el sistema no tiene aguante posible, o sea, se va a pique.

Esto que, tras largas y bien remuneradas sesiones, ha inventado el FMI, me lo viene diciendo un día y otro mi amigo Pepe “el pollo” en la barra del Gran Vía cuando él, joven, y yo, anciano, nos hemos bebido un porrón de ginebra y güisqui respectivamente, pues me señala con el dedo y socarronamente me dice: “vosotros sois los culpables de la ruina”

Y lleva buena parte de razón, razón que se acrecienta cuando yo digo al dueño del bar: “Antonio, llena”. Pero lo malo de toda esta leche es que “el pollo” nunca me va a meter mano, pero estos del FBI, perdón, del FMI, son capaces de quitarnos de gorra las tiritas que miden la diabetes y lo que sea, de paso nos quedamos sin el vaso dilatador del güisqui y, a la primera de cambio, estiramos la pata.

Ahora bien, si la diñamos nosotros, nuestros nietos y nietas van a pasarlas canutas; y tal vez nuestros hijos.

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