martes, 24 de abril de 2012

Contra el ruido

Se celebra hoy el “Día Internacional contra el ruido”, y si lo piensan bien, un día sí y otro no, se pone en circulación algún acontecimiento.
Sin ir más lejos, hace un par de días fue el dedicado al Libro, al que las instituciones, todas, que son numerosas, pero cada una a su aire, se han pasado un poco a la hora de manifestar, con euros de por medio, que es interesante, aunque peligroso para ellas, el hecho de leer; será por eso que nada más celebran la lectura durante veinticuatro horas.
 El ruido es un sonido inarticulado y confuso que puede ser molesto para el receptor. Ustedes saben muy requetebién que esta celebración a la contra está referida a ruidos de coches, televisiones, radios, gritos desaforados, fiestas a toda pastilla y a un sinfín de alborotos que molestan físicamente la convivencia, el sueño, la tranquilidad o un diálogo en condiciones.
 Algo sordo el que estas líneas trata de describir, comprenderán que a un servidor no le molesta en demasía el ruido y que, en ocasiones, por el deterioro de mis oídos alzo la voz más de la cuenta y soy cómplice de algún ruido de más, por lo que solicito perdón por mi contribución a la perturbación de los sonidos blancos y rosas.
 La señora Antonia, mi dulce madre, que también era algo “teniente”, me decía: “Pepito: no hay sordos, sino personas que no hablan bien”. Aquella sentencia se convierte en realidad en esta rabiosa actualidad que vivimos.
 El personal no se entiende y la sociedad, conformada por nosotros, es una inmensa Torre de Babel en la que cada uno va a su particular avío e interés propio. Ayer, y hoy también será así, el Congreso de los Diputados ha “debatido” los Presupuestos Generales del Estado, y no ha existido ni un dios que entienda al otro dios.
Cada uno ha ido a lo suyo, y un ruido insostenible se ha cernido sobre esa nueva Babel en la que ninguno de sus integrantes habla con la claridad suficiente para que todos tiren, al unísono, de carro de la posible salvación de España.
 Sus señorías no oyen el griterío del pueblo. Y es que, quizás, no lo sé, tendríamos que pasar de las palabras a los hechos, o sea, al cachiporrazo.
 www.josegarciaperez.es

www.papel-literario.com

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