miércoles, 7 de marzo de 2012

Duque de Palma y Palmilla


Había una vez una bella Infanta que se casó con un apolíneo joven de raro apellido. El papá de la Infanta, Rey de una nación en ruina que tenía más de cinco millones de habitantes parados y que muchos de sus súbditos almorzaban gratis en comedores sociales, mientras otros vivían opulentamente, nombró a su yerno Duque de Palma.

Eran felices la Infanta y el Duque, pues ellos vivían pero que muy bien gracias a los diezmos y primicias que los ciudadanos pagaban a los Soberanos, hacían viajes por el extranjero, tenían casa y trajeron al mundo unos hijos preciosos que se educaban en colegios de gran prestigio.

Un día, una bruja llamada Avaricia le susurró al Duque de Palma que, gracias a su título y abolengo, y a su suegro y suegra, podría obtener más riqueza que la que ya poseía. El Duque, acostumbrado a dar saltos en los Juegos Olímpicos, dio un brinco y se vistió de ejecutivo. Creó, junto a otros pitejos sinvergonzones, una asociación sin ánimo de lucro y fue a visitar a unos señores feudales que creían que el dinero público que manejaban era de ellos.

El guapo duque, más hermoso que un sol, fue de isla en isla y de feudo en feudo ofreciendo a los tramposos señores que podría ser manoseado, jugar al pádel con él y tomar juntos una copa de Moët & Chandon con tal de ser ayudado con pequeñas cantidades de cientos de miles de euros por escribir unos papeles bien redactados. Y así fue, como el olímpico Duque llegó a obtener pingües beneficios que hicieron más feliz a la bella Infanta; pero ocurrió que un juez, cuyo nombre prefiero olvidar, se le ocurrió indagar porqué nuestro dinero, que los señores feudales creían suyo, iba a parar, dicen las malas lenguas, a los talegos del Duque.

Málaga, ciudad de ese reino, tiene una barriada marginal y peligrosa, llamada La Palmilla donde viven o malviven gentes de todas las leches; pues bien, reunida su comunidad, el Patriarca de ella, ha nombrado al Duque de Palma, también Duque de la Palmilla, pues sus vecinos son auténticos angelitos comparado con el cónyuge de la Infanta.

Y colorín, colorado, este cuento no ha terminado.

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