lunes, 6 de febrero de 2012

Una noche entrañable: Forrest Gump


A cierta edad y con un frío que se las pela, una buena noche se puede pasar en casa, y más si ésta posee un cierto tufillo a hogar; el aire acondicionado ayuda a mantener un clima aceptable, sin tener por ello que dejar la bufanda, no enroscada al cuello, pero sí dejándola caer a su aire. El sibaritismo de un buen sillón y la búsqueda de una buena película son, para un servidor de ustedes, elementos indispensables para que el tiempo se convierta en entrañable y se olvide uno de políticas, crisis, guerras y contubernios literarios. Si a todo ello le unes un rico y dulzón ron pampero, el cóctel resultante puede ser paradisíaco.

Busqué en los mil canales tedetianos y en los clásicos una película que no hubiese visto y oído, y es que mi problema no es ver, sino escuchar como Dios manda, aunque nadie le haga caso puñetero caso. Y es que de los oídos ando muy regulín; por ello he comprado unos cascos formidables con los que no pierdo puntada de lo que se dice.

Pues bien, me tienen que imaginar retrancado en el sillón, el ron a una distancia corta, la bufanda dislocada y un silencio impresionante, tan impresionante era que hasta mi pequeña canaria Cleopatra no se atrevía a decir ni pío.

En fin, la película seleccionada fue “Forrest Gump” interpretada por Tom Hanks y Robin Wrigth, aunque el peso del film lo lleva el primero en una magnífica interpretación que le valió una de esas estatuillas tan codiciadas por actores y actrices.

Lógicamente no les voy a narrar las más de dos horas que duró el milagro y que seguramente muchos de ustedes habrán visto; tan sólo una corta conversación entre Forrest (Hanks) y Jenny (Wright) cuando niños los dos, aunque él, dicen los jodidos expertos, mentalmente era menor por tener un coeficiente intelectual inferior al normal.

La pequeña Jenny pregunta a Forrest: “Tú que vas a ser cuando seas mayor”, a lo que sorprendido, el pequeño Forrest contesta con una pregunta: “¿Es que tengo que dejar de ser yo?”

Ahí tenía que haber apagado la tele, pero seguí viendo y escuchando maravillas durante un rato largo; camino de la cama y hasta que mis ojos se cerraron, me preguntaba si durante mi vida habré sido yo o una simple fotocopia de otros.

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