martes, 17 de enero de 2012

Paseando por Larios


Leída parte de la prensa diaria, y desechada la idea de castigar a mis posibles lectores con barrabasadas políticas y económicas, opté por lanzar mis pasos a calle Larios a la búsqueda de la noticia oral, la que se transmite mediante el “boca a boca” y marca el pulso de la Málaga real.

Larios tiene dos tiempos especiales: el primero lo sitúo a las doce del mediodía, hora de café para viciosos, entre los que me incluyo; el segundo brota en el tránsito de la luz a la noche, es el momento de la cerveza que nos puede conducir al encuentro de una noche maravillosa cuando ya no existe la obligatoriedad de tener que zambullirse al día siguiente en la tediosa pachorra de un horario esclavizante.

Posee Larios el sabor de ciudad abierta al mar, cosmopolita, generosa y prudentemente pícara. Con manifiesta naturalidad te endosan igual un rolex de falsificación que un disco de un cantaor de la Trinidad; un tallito de romero que un décimo de lotería que te meten por los ojos, queda clavado en tus retinas y no tienes más remedio que comprarlo y acoquinar la propina correspondiente.

Si te encaminas hacia la Acera de la Marina, como los ríos van a la mar, te sientes más europeo sin necesidad de que te lo repitan una y otra vez. Si lo haces al revés, quiero decir, si paseas hacia la Plaza de la Constitución te vas convirtiendo a Málaga, y por la terraza del Central te encuentras con algo tuyo, menos aparatoso, más recatado, la mirada es muy nuestra y sus ojos son más negros intensos y comunicativos que los de Bruselas.

Es calle Larios un susurro de normalidad creciente, un asfalto regado por el acogimiento de una ciudad que se sabe señora. Hay que recorrerla a paso lento y recreándose en sus edificios, terrazas y gentes.

Esta ciudad no está crispada, aunque no esté acabada.

www.josegarciaperez.es
www.papel-literario.com

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