viernes, 6 de enero de 2012

Mi regalo de Reyes


Me encanta pasear a poniente buscando el ocaso. Es grato para mis ojos ver como el mar se “traga” al sol, y como éste perfila una eucaristía rosa sobre el siempre azul lienzo del cielo. Aquella tarde inicié el paseo algo más temprano, por lo que decidí sentarme durante un trozo de tiempo en la duna de mis preferencias: la que guarda el bidón rojo oxidado donde grabé la fecha de mi visión de Dios.
Saqué lápiz y cuaderno de la pequeña bolsa de playa, y me dispuse a terminar el bordón de la seguidilla que había comenzado el día anterior. La idea la había perfilado en la blanca mañana de sol, contemplando a un hermoso niño rubio jugar con su sombra: “De pronto llega Dios/ a media tarde/ como ladrón furtivo:/ la luz decae./ Me lo ha robado todo/ hasta la sombra/ cuando paseo solo”. La leí en alta voz y me gustó, tenía sonoridad y mensaje.
-¿Tiene fuego?
-Sí.
El viento de poniente le impedía encender el Winston. Mientras lo conseguía, contemplé sus bellas piernas, el resto del cuerpo estaba contorsionado alrededor del encendedor.
-¿De dónde viene el viento?
-De allí -señaló a poniente.
Me levanté. –Mira es muy fácil, te pones frente a poniente, tapas el mechero con la palma de la mano y ¡ras!- Encendió el cigarrillo, expelió el humo y dio las gracias.
Debía tener unos treinta años; el sol había bronceado maravillosamente su bello cuerpo. Sus ojos eran azules y poseía unos carnosos labios que apetecía tomarlos. Sus pechos estaban cubiertos por una cinta rosa, y un ajustado pantalón, color caqui, señalaban unas contorneadas caderas insinuantes.
-Bueno, en realidad lo del fuego ha sido un achaque- sacó de su bolsa un encendedor de mecha. Sonrió. Creo que tuve un cierto sonrojo.
-Verá, es que lo veo todos los días pasear, en ocasiones lo veo leer, otras escribe. Tiene un paseo cansino que invita a acompañarle o a sentarse con usted. No sé, me da la sensación que podríamos hablar, sin más, de sus cosas, de las mías, de la gente, del mundo, no sé… ¡hablar! ¿qué le parece?, porque podemos estar un mes cruzándonos por la orilla y no conocernos, y creo que es una lástima. ¿No le parece?
-Pues sí, ¿cómo te llamas? ¿nos tuteamos?
-Mi nombre es Mar; tú te llamas José ¿verdad?
-El otro día paseabas con una señora, tu esposa, seguro, y te decía: Pepe, fumas demasiado.
-Ah.
-¿No has traído tu perro este año?
-¿Cómo sabes que tengo un perro?
-Bueno…, tu imagen junto a él, el cuidado con que lo tratas. El pasado año te vi algunos días jugando con él. ¿Ha muerto?
-No, uno de estos días lo trae mi hija.
-Se llama Gérsom ¿verdad? ¿qué estabas escribiendo?
Le leí la seguidilla y le expliqué su contenido. Escuchaba con gran atención.
-¿Tienes otras?
-Sí, te voy a leer una a ver lo que te parece: “En mis manos yo siento

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