sábado, 21 de enero de 2012

El vuelo de la lechuza (y II)


Pude encender la luz, pero prendí la mecha de un quinqué de aceite y una serie de sombras que se movía, según izara más o menos la torcida, se apoderaron lúdicamente de los encalados muros.
El juego de claros y oscuros se convirtió en un generador de recuerdos y me vi sumergido en tiempos de maestro de niños marroquíes por kabilas de Benibuifrur, una especie de milagro ya olvidado.
En el centro de la sala, un baúl descansaba sobre una almofalla azul turquesa. Corrí el cerrojo y un aroma a Juan el de Cartajima, sabiduría e intimidad, impregnó el ambiente. Aproximé el quinqué, y en el interior del viejo arcón se encontraban dos cofres. En uno de ellos, el de la izquierda, un pequeño cartelito en el que se leía: “Apuntes”; en el otro: “Libros para releer”
Pensé que era un sacrilegio introducir mis limpias manos, por demasiado limpias, en los cofres, pero me dejé vencer por la curiosidad. Un montón de libros y una relación de nombres era el contenido del segundo cofre. En el primero, el de “Apuntes”, una serie de carpetas con distintos títulos: “De poetas”, “De poesía”, “De la vida”, “Del silencio de Dos”, “Sobre crítica literaria”, etc.
He pensado ir dando a conocer, semanalmente, algunos de sus documentos inéditos -algo parecido a resucitarlos- e intercalar de vez en cuando sus apuntes con la realidad actual de la vida, la poesía y lo que sea.
Me senté en su amada mecedora y comencé a leer. Un ruido revoloteó en el interior. Sonreí. Era la lechuza alborozada.

www.josegarciaperez.es
www.papel-literario.com

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