viernes, 20 de enero de 2012

El vuelo de la lechuza (I)


Ya saben, murió Juan el de Cartajima, y una lechuza, al uso de las clásicas sobre Palas Atenea, posó su vuelo sobre la sencilla tumba del pequeño cementerio donde reposan sus restos. Ha despertado mi curiosidad las veces que Alfredo, el cartero, me ha comunicado que todos los atardeceres la lechuza sobrevuela el camposanto y desciende por entre las cárcavas, y es por ello que he decidido pasar los fines de semana, mientras pueda, en su hogar, mi casa.

Tengo la sensación, al igual que la lechuza, que la sabiduría está instalada por estos riscos. Y no es que necesariamente esté en su fosa, aunque la lechuza se empeñe en que sí, sino en todo lo que significaba su abandono de la colmena humana, y su retiro al encuentro y abrazo de la ansiada soledad compartida con unos pocos.

Juan había dejado la puerta encajada, y es que en lugares como Cartajima no son necesarias puertas blindadas. Con mimo penetré la penumbra del templo sagrado de Juan. Leí un mural, contraportada de “El canto del pájaro” de Anthony de Mello: “…les dijo el Maestro: Dios es el Desconocido y el Incognoscible. Cualquier afirmación acerca de Él, cualquier respuesta a vuestras preguntas, no será más que una distorsión de la Verdad”. Los discípulos quedaron perplejos: “Entonces, ¿por qué hablas de Él?”. “¿Y por qué canta el pájaro? -respondió el Maestro-, el pájaro no canta porque tenga una afirmación que hacer, canta porque tiene un canto que expresar.”

A continuación, Juan había escrito: “Igual que la Poesía, igual que el poeta.”

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