viernes, 13 de enero de 2012

Así era mi amigo Juan "el de Cartajima"


Ha pasado casi todo el tiempo posible y no he encontrado un consejero como mi amigo Juan el de Cartajima.
Mi amigo Juan fue hombre de mundo. Vivió con entusiasmo todas las experiencias que le salieron al paso y que nunca rehuyó. Fue maestro de escuela en la kabila de Beni-Buifrur, allí donde las minas de Uixan, Afra y Setolázar convierten las faldas del Rif en grises escarpadas donde nada florece. Convivió en las escuelas unitarias del Cerro Blanco con los marginados de un pueblo cuyos habitantes se llaman nazarenos.
Creyó durante un tiempo que Dios le hablaba y que él hablaba con el Misterio. Llevó un mensaje de amor, solidaridad y libertad desde Almería a La Coruña. Creó Asociaciones no Gubernamentales que impregnaron de un cierto desasosiego los sueños de los dormidos políticos por las barriadas de El Bulto, Estación del Perro y Cruz Verde.
Durante siete años, asumió por segunda vez la locura, la primera fue la de Dios, y marchó a Madrid donde llegó a masticar pólvora. Su utopía comenzó a diluirse y sus pensamientos a no ser suyos, sino de eso que llaman “partido” político. Tuvo un momento de clarividencia e inició su retirada del mundo farisaico y se acercó al de la normalidad.
Despojado de vestiduras, políticas y laborales, quedó desnudo. El frío de la soledad y de la nada conmovió su ser y vio una roja gaviota, era blanca y volaba como todas. La siguió, voló con ella y vivió la locura.
Mi amigo Juan el de Cartajima siempre tuvo a su lado una fiel compañera, una mujer con sabiduría para amasar, junto al pan, aquellas cosillas que decían nuestros abuelos: si quieres ser bueno, practica el bien; si deseas ser justo, vive la justicia; si quieres ser honrado, honra a tu padre, madre y quien tú elegiste por compañera.
Un día, mi amigo Juan, pensó en escribir hechos que había vivido y que sólo el sabe, y comenzó a recopilar en cuadernos cuadriculados todos sus momentos de locura. Sentado en una butaca, llamó a su compañera, y le fue leyendo y explicando sus “locuras”. Ella, mientras escuchaba, hacía croché con un ganchillo heredado de su madre.
Terminada la lectura, le dijo a Juana: “Ahora me gustaría escribir sobre el tomillo y el pinsapo, los abedules y el río, del pan amasado en casa, del escarabajo que a nadie gusta, del aullido del lobo y de la compañía de un perro, del despertar de la flor, de la tierra mojada… pero mira, aquí ni puedo ni sé, ¿qué te parece si buscamos un lugar donde abramos la ventana y las ramas de un alcornoque nos den los buenos días?”
Juana, mientras seguía con el ganchillo, dijo: -sí. Compró una casita en Cartajima y allí murió; pero me dejó un legado que pienso transmitiros.

(Del libro “El husmeador” de José García Pérez)

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