domingo, 18 de diciembre de 2011

La fregona de Manuel Jalón


El ver a mi madre de rodillas, con un cubo cercano a ella, fregando el bendito suelo de “la casa verde” es una de esas imágenes dolorosas incrustada en mi alma y que aún hoy permanece. Un día apareció la “fregona” y siempre recordaré a la señora Antonia bendiciendo ese invento que logró que las mujeres dejaran de estar postradas para mantener limpio el suelo de la vivienda.

Ayer murió don Manuel Jalón, inventor de la fregona y hombre que hizo más por las mujeres que todos los progresos que se hayan podido realizar en el Ministerio de Bienestar e Igualdad. Vaya a él este pequeño tributo de admiración, respeto y agradecimiento, pues eso sí que fue un invento en toda regla, hasta podríamos decir que fue y sigue siendo un sacramento, o sea, un lugar de encuentro con el amor.

Existe por Facebook un grupo reducido de gente joven que atiende al nombre de “La cuadrilla de La Antilla”, del que formo parte a requerimiento de sus integrantes, con los que comparto cervezas, conversaciones, nietas y años en ese mágico lugar “donde el viento silba nácar”; a ellos, por si lo quieren publicar, va dedicado este copo y las pequeñas anécdotas que en él se relatan.

Cuando los dictadores Franco y Salazar vivían todavía y el puente sobre el Guadiana no existía, los padres y madres de los miembros de “La cuadrilla de La Antilla” hacíamos alguna que otra incursión-excursión a Villareal de San Antonio, pueblo portugués fronterizo con España. A una orilla del Guadiana, Ayamonte y a la otra la citada villa. Atravesábamos el río en unas pequeñas embarcaciones y lo pasábamos pipa con estos jóvenes de la cuadrilla, entonces niños y niñas.

Salazar tenía prohibida la venta de coca-cola, y en Portugal se vendía un refresco llamado zumol que, por cierto, sabía malísimamente; en la España de Franco el café estaba por las nubes; las toallas portuguesas, que nunca secaron bien, tenían unos precios irrisorios y las fregonas no existían. De manera que el pequeño contrabando consistía en que los españoles traíamos de Portugal toallas y café a punta de pala, mientras que los portugueses hacían el agosto con coca-colas y fregonas.

Hasta allí, hasta Portugal llegó la fregona del santo Manuel Jalón, al que tenían que haberle concedido el Nobel de la Paz y no a algunos mantas que lo poseen.

Termino: nunca logré secarme con una toalla portuguesa y eso que llegaba hasta sollar mi fina epidermis de aquellos tiempos.

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