viernes, 16 de diciembre de 2011

El silencio andaluz


Algo pesado esto de escribir sobre el vapuleo que nos pegan a los andaluces. Que si Durán, después Artur y ahora nos viene el señorito Cayetano Martínez de Irujo a insultar a nuestros hijos como en aquellos tiempos de ventas, palmas y bailes; tal vez sea esta la última pérdida de mi preciado tiempo en defender lo indefendible; indefendible porque todos callan como petrificados o tienen una afonía que impide que se les entienda.

Hay que echarle un par a la hora de tomar la palabra para defender el orgullo andaluz; una forma podría ser si la Junta “nuestravuestra” retirara a los de Alba el título de Hija Predilecta de nuestra tierra y, de paso, nos devolviera la Medalla de Andalucía; pero todos callan y un apabullante silencio se apodera de las ramas de olivos, y nadie habla.

¿Acaso no ven la algarada que existe en el nuevo Congreso por hablar de la tierra de cada quisque formando, o no, grupo parlamentario? Ahí tienen ustedes a los vascos en sus distintas acepciones; independentistas, nacionalistas, además de los de siempre; trinan los canarios y los navarricos; un par de gallegos hablarán de sus cosas; los catalanes, como convergentes o republicanos, intentarán tirar de la manta de los Presupuestos para los propios; hasta se ha metido un asturiano del Foro de Cascos para hablarnos del bable.

Nosotros no tenemos andaluces que ejerzan el habla andaluza para conseguir cosas para nuestra tierra. Los diputados y diputadas andaluces que han obtenido escaño por estos lugares van a ejercer de españoles a las órdenes de Rajoy y el señor o señora “X” que salga del Congreso del PSOE, pero nunca se jugarán el escaño por Andalucía, por sus gentes y por poner en pie de igualdad a nuestra tierra con el resto.

Pero lo que es peor, el pueblo tampoco habla, porque a un pueblo que vive de la limosna se le tapa la boca con facilidad. En realidad es un pueblo mudo y fiel hasta la muerte con sus amos, con los vampiros que viven a su costa, con los domadores que apaciguan su corta inquietud.

Y cuando un pueblo asiente en silencio, enferma.

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