lunes, 19 de diciembre de 2011

El Alcalde y los Reyes Católicos


Esta mañana, por ayer, me tragaré enterito el discurso de investidura de Mariano Rajoy; ya por la tarde, contemplaré el temple de la nueva oposición; y mañana, por hoy, analizaré la votación de sus señorías respecto al trato que le dan al notario de Galicia. Vamos, que lo pasaré bien porqué, no caben los engaños entre usted y yo, estas algaradas de aplausos, pitos y golpetazos en los tableros me pirran.

Estrenarán votos en el Congreso los cuatro novísimos de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia, a saber: Garzón (IU) y Carolina, Margarita y Joaquín (PP). La rubia y bellísima Carolina, concejal de Hacienda del ayuntamiento malagueño, dejará su cargo para dedicarse por entera a esta nueva faceta de su vida política y Joaquín, alcalde de Alhaurín de la Torre, simultaneará ambos cargos, lógicamente con una sola paga, la del Congreso, porque se encuentra con facultades para llevar ambas cargas a la vez sin merma de eficacia para ninguna de ellas, que así sea y lo deseo.

El señor Villanova, apellido de don Joaquín, a instancias de un periodista que ejerce en este perímetro urbano sobre su primera impresión a la entrada del Congreso y el problema que existe con Amaiur, contestó que extasiado ante la contemplación de las esculturas de mármol de Fernando e Isabel, contestó: “Hace falta esa voluntad política de unión de España que tenían los Reyes Católicos” y, pum, pasó a la historia.

Pues bien, con cierto temor, aunque la cosa no anda ahora como para ir a la puta Inquisición a que achicharren a uno, creo que se pasó en su amor patrio; y es que da la pajolera casualidad que uno era rey de Aragón y la otra, de Castilla. Se casaron siendo unos pipiolos de 17 y 18 años respectivamente, y como el colchón hace a los que se acuestan en él, dice la gente, de la misma condición, se dedicaron a conquistar, a troche y moche o a tiempo y destiempo, los reinos de Granada, ay Granada, Navarra, Canarias, etc., aunque ellos dos, Isabel y Fernando, seguían con sus propias normas institucionales en sus respectivos reinos y coronas.

El Papa Sixto IV, a fin de que realizaran un control fuerte sobre la fe, les concedió la “gracia” de la Inquisición, expulsaron a dos tercios de judíos y moros y, los que optaron por quedarse, tenían que abjurar de su fe o ser pasados por la piedra; todavía por las Alpujarras granadinas lloran tamaña fechoría.

Se pasó Don Joaquín, que aunque pudiera parecer tener una cierta envidia a Torquemada, no creo, porque lo conozco, llegue a tanto. Al final, quiero creer, que todo fue un desliz.

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