viernes, 4 de noviembre de 2011

Mayoría absoluta


Según todas las encuestas, incluida la del CIS que se publica hoy, el Partido Popular está abocado a obtener una amplia mayoría absoluta. Supongamos que dicha victoria no se produce, y es el Partido Socialista Obrero Español el que se alza con más de 175 escaños.

Sea uno u otro, lo que está meridianamente claro es que este país, España, necesita de alguien que pueda gobernar con comodidad sin que ello quiera decir que excluya o borre de un plumazo a la oposición.

En política, los teóricos afirman que no son buenas las mayorías absolutas; puede ser, pero no llego a creérmelo del todo. En la nación española, debido a sus peculiaridades y al momento de crisis económica, ruina, que padecemos, es necesario un gobierno fuerte y capaz de aglutinar al resto de formaciones políticas; allá las que se autoexcluyan.

En la actual legislatura, hemos padecido una política de pactos que a nada ha conducido; para poder aprobar la ley del aborto, el gobierno de ZP ha pactado con la izquierda del arco parlamentario, y para congelar a los jubilados lo ha hecho con la derecha nacionalista; dejando siempre en el dique seco de la responsabilidad al PP, con la excusa de que el PSOE no podía abjurar de sus principios ideológicos. Y con esa incongruencia, derivada de no haber obtenido una mayoría absoluta, nos vemos donde nos vemos, o sea, en el precipicio de cinco millones de parados y lo que colea.

Se hace necesaria una mayoría absoluta el próximo 20-N, una mayoría integradora y capaz, aunque no sea necesario, de aglutinar a su alrededor a los nacionalismos no excluyentes y al principal partido de la oposición, sea el que sea. Hay, pues, que abjurar de dogmatismos ideológicos y ser pragmáticos a la hora de gobernar, pues como se dijera: “… es la economía, estúpidos”

Ha llegado la hora de llevar al Parlamento lo que se habla en las barras y terrazas de los bares, en el café de media mañana y en la copa del anochecer. Hay que poner freno al vampirismo nacionalista, a diecisiete defensores de pueblos, a las distintas formas de ver la justicia, a los diferentes trámites para ejecutar una misma cosa, al complejo sistema sanitario, a numerosas televisiones públicas que nada aportan, al sistema educativo, a tantas señas de identidad…, en fin, hay que hacer normal la política.

Si lo anterior, y más, no se hace, lo mejor es que nadie obtenga mayoría absoluta y que Dios, si es que existe, reparta suerte.

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